NORTE #4: Un buen viernes

Viernes, 29 de marzo de 2024

Bout ye?

El día que en el colegio, en clase de inglés, aprendimos que «Viernes Santo» se decía «Good Friday», recuerdo haberme preguntado qué cosas buenas habían pasado ese día que a nosotros nunca nos habían contado y a los angloparlantes sí. Aunque estoy segura de que en su momento no me enteré de la noticia, más o menos por esa misma época y en una ciudad no muy lejana se vivió un Viernes Santo muy bueno, buenísimo. La fecha exacta fue el 10 de abril de 1998, la ciudad fue Belfast y los protagonistas del día fueron los signatarios del acuerdo de paz que ponía fin a treinta años de conflicto armado en Irlanda del Norte y que acabaría siendo conocido precisamente como Acuerdo de Viernes Santo. Aunque se han escrito millones de palabras sobre ese texto y sobre el proceso de paz del que forma parte, entre sus artífices se encuentra un grupo de personas que con frecuencia ha quedado reducido a una nota a pie de página y que merece mucha más atención de la que suele recibir. En ellas se centra hoy NORTE.

Portada del diario El País del 12 de abril de 1998

Pese a que existen estudios en el ámbito de la resolución de conflictos que demuestran que las probabilidades de que un acuerdo de paz sea duradero se incrementan cuando en las negociaciones participan mujeres, solo el 13 por ciento de los negociadores y el 6 por ciento de los signatarios de acuerdos de paz en todo el mundo entre 1992 y 2019 fueron mujeres. Irlanda del Norte, que no es un lugar que suela ir a la vanguardia en lo que a igualdad de género se refiere, perfectamente podría no haber tenido a ninguna mujer en la mesa de negociación de no haber sido por la admirable labor de un grupo de «políticas por accidente» que en 1996 se propusieron lograr que sus voces fueran escuchadas y que hoy en día son una inspiración y un ejemplo para otros procesos de paz de todo el mundo: la Coalición de Mujeres de Irlanda del Norte.

En los años noventa del siglo pasado, tras décadas de violencia y múltiples intentos frustrados de poner fin a un conflicto terrible que para entonces ya se había cobrado la vida de más de tres mil personas, los esfuerzos por alcanzar un acuerdo de paz fueron ganando impulso y el alto el fuego de los grupos paramilitares allanó el camino para la celebración de unas negociaciones de paz en las que por primera vez participarían todos los principales actores del conflicto. En marzo de 1996 se anunciaron unas elecciones que tendrían lugar el 30 de mayo y que determinarían quiénes estarían representados en las conversaciones de paz que iban a dar comienzo en junio. Todo apuntaba a que, como venía sucediendo en otros conflictos comparables, en la negociación estarían representados los partidos políticos constitucionales y los grupos armados, pero no la sociedad civil. Esto preocupaba especialmente a muchas mujeres que, en ámbitos como el activismo social o el sindicalismo, llevaban décadas haciendo «política con pe minúscula» y trabajando en cuestiones (relacionadas o no con la resolución del conflicto) que afectaban en especial a la población femenina, y que creían firmemente en la necesidad de que la voz de esa parte de la sociedad fuese escuchada durante el proceso de paz. Dada la alarmante ausencia de mujeres en puestos claves en los partidos tradicionales, temían que la perspectiva de género estuviera totalmente ausente en las negociaciones de paz, por lo que algunas mujeres de esta red empezaron escribiendo a todos los grupos políticos para instarles a que incluyeran representación femenina en sus equipos de negociación. La respuesta que obtuvieron (en los pocos casos en que obtuvieron alguna) fue que sus formaciones ya contaban con hombres acostumbrados a participar en procesos similares y que no veían motivo para sustituirlos por mujeres sin experiencia en ese tipo de negociaciones. Que llevaran treinta años fracasando no debió de parecerles suficiente prueba de que quizá había otra forma de hacer las cosas.

Cartel de 1995 en el que se reclamaba la celebración de unas negociaciones de paz multipartitas, incluido en la exposición «Troubled Images» de la biblioteca Linen Hall de Belfast

El inusual método de asignación de escaños adoptado en esas elecciones se diseñó expresamente para que en las conversaciones estuvieran presentes determinados partidos que con el sistema habitual de representación proporcional (el método D’Hondt) no habrían obtenido suficientes votos para tener delegados en la mesa de negociación. De los ciento diez delegados que habría en la mesa, veinte se reservarían para repartirlos entre los diez partidos más votados, de manera que cualquier formación que consiguiera quedar entre las diez primeras tendría asegurada la presencia de dos representantes en las negociaciones. Este sistema, que se adoptó para asegurar la participación de una serie de pequeños partidos vinculados a organizaciones paramilitares, dio la posibilidad a un grupo de siete mujeres excepcionales (Monica McWilliams, Avila Kilmurry, Bronagh Hinds, May Blood, Margaret Logue, Kathleen Feenan y Kate Fearon) de explorar una vía que podría llevarlas a la mesa de negociación: formar un partido y presentarse a las elecciones. No era el paso más natural —ni seguramente el más apetecible— para unas mujeres más acostumbradas al activismo social que a la política institucional, pero era su única oportunidad de dar voz a las mujeres en el proceso de paz y asegurar que se pusieran sobre la mesa temas que era evidente que otros negociadores no iban a plantear siquiera. Así fue como nació la Coalición de Mujeres.

Sin experiencia en el mundo de la «política con pe mayúscula», sin financiación y sin la clase de apoyos que pueden ayudar a los partidos a cosechar éxitos electorales, tenían seis semanas para poner en pie un partido desde cero, organizar una campaña y conseguir ser una de las diez formaciones más votadas (de las veinticuatro que se acabaron presentando). Calcularon que necesitaban unos diez mil votos para tener posibilidades de quedar en uno de los diez primeros puestos y obtener esos dos ansiados escaños, por lo que se marcaron como objetivo presentar una lista de cien candidatas y lograr que cada una recibiera los votos de cien personas. A base de recurrir a las redes de contactos establecidas a lo largo de años de activismo, de organizar reuniones en las que reclutar candidatas y hasta de poner un anuncio en el periódico, consiguieron que la lista fuera creciendo, cosa que no resultó fácil. Aparte de los aspectos prácticos, los miedos e inseguridades y la reticencia a entrar en un ecosistema político en el que muchas mujeres no se sentían cómodas ni bienvenidas, no hay que olvidar que la de aquel momento era una sociedad en la que podían jugarse hasta su propia seguridad y la de sus familias. Pese a todo, muchas tuvieron la valentía y el sentido de la responsabilidad suficientes para dejar sus reservas a un lado y lanzarse a la contienda. El día que terminaba el plazo para presentar las listas de candidatos a las elecciones, un minuto antes de que cerrara la oficina de la junta electoral (un aviso de bomba hizo que el coche en el que iban dos de ellas no pudiera seguir circulando por el centro de Belfast y que tuvieran que completar el trayecto corriendo), su lista de setenta candidatas quedó oficialmente inscrita. Con el eslogan «Di adiós a los dinosaurios» y los colores de las sufragistas (verde, blanco y violeta), sin apenas presupuesto y con muchísimo en contra, se volcaron en la tarea de convencer al mayor número posible de votantes de que la suya era una voz que debía estar representada en las negociaciones de paz.

Cartel de la Coalición de Mujeres para la campaña de 1996, en la exposición «Troubled Images» de la biblioteca Linen Hall de Belfast

Una de las características fundamentales de la Coalición —y una de sus principales diferencias con otras formaciones— era la diversidad de sus integrantes. El partido estaba formado no solo por mujeres de la comunidad católica-nacionalista y de la protestante-unionista, sino por mujeres de distintas edades y con ocupaciones diversas, conservadoras y progresistas, de entornos urbanos y rurales, de clase media y clase trabajadora. Lo que tenían en común era la sensación de haber quedado excluidas de la toma de decisiones durante mucho tiempo y el deseo de no permitir que sucediera lo mismo en el que sin duda iba a ser uno de los procesos políticos más trascendentales de la historia de la región.

En una sociedad marcada por la división y en la que casi todos los partidos defendían los intereses de una de las dos comunidades enfrentadas en el conflicto, una formación política que trascendía las fronteras identitarias tradicionales podía llamar la atención por inusual, pero lo cierto es que esas mujeres no estaban haciendo nada que no llevaran décadas haciendo tanto ellas mismas como muchas otras en Irlanda del Norte. Hasta en las épocas más cruentas del conflicto, las mujeres, conscientes de que muchos de sus problemas (violencia de género, desigualdad, discriminación, pobreza) no entendían de religión, de identidad ni de ideología política, a menudo habían cruzado los muros de separación entre barrios católicos y protestantes y trabajado con mujeres de la otra comunidad de una forma casi nunca vista entre los hombres. Historias como las del trabajo conjunto realizado por asociaciones de mujeres de los barrios de Shankill y Falls desafían las ideas reduccionistas que a menudo se repiten sobre el conflicto y nos cuentan una versión de la historia distinta de la que nos llega cuando la experiencia de las mujeres se excluye del relato. Esta tendencia a cruzar fronteras que para otros eran infranqueables, sin embargo, chocaba frontalmente con un sistema que no estaba diseñado para acomodar esa clase de posturas, y tener que obedecer las reglas del juego de ese sistema sería fuente de no pocas dificultades para la Coalición de Mujeres. Si a esto sumamos los constantes insultos y comentarios machistas de otros políticos y de los medios de comunicación a los que tuvieron que enfrentarse durante y después de la campaña, lo que hicieron resulta todavía más digno de admiración.

Con 7731 votos (el 1,03 por ciento del total), la Coalición de Mujeres fue el noveno partido más votado en las elecciones y, por lo tanto, una de las formaciones que tuvieron dos representantes en las negociaciones de paz. Las dos delegadas, Monica McWilliams y Pearl Sagar, cuyos perfiles son un buen reflejo del carácter transversal de la Coalición (la primera era católica, originaria de una zona rural y profesora de universidad; la segunda era protestante, procedía de un barrio lealista de clase obrera de Belfast, estaba casada con un exsoldado del Ejército británico y había sido trabajadora social), estuvieron acompañadas por un equipo de otras siete mujeres —Annie Campbell, Brenda Callaghan, Barbara McCabe, Jane Wilde, Diane Greer, Felicity Huston y Robin Whitaker—, una suerte de ejecutiva del partido que participó muy activamente en los procesos de diseño de estrategias, elaboración de propuestas, preparación de debates y muchos otros aspectos del día a día de las negociaciones, que dieron comienzo en junio de 1996 y que se prolongarían durante los dos años siguientes.

El machismo que habían tenido que soportar durante la campaña no terminó una vez que ocuparon el lugar que la ciudadanía, con sus votos, les había asignado en la mesa de negociación. Algunas han contado posteriormente que tuvieron que aprender a desarrollar mecanismos (muchas veces basados en el humor) para sobrellevar los ataques constantes que sufrían, y a menudo prefieren hablar del trabajo realizado y los logros alcanzados que conceder protagonismo a las actitudes retrógradas de algunos de esos dinosaurios con los que tuvieron que tratar (que, a menudo, lo más ingenioso que tenían que aportar eran frases del tipo «para lo único que una mujer debería estar en esa mesa es para limpiarla»). Aun así, no se puede pasar por alto lo duros que tuvieron que ser aquellos años para unas mujeres que habían acabado en la política «sin querer», en un sistema que no estaba diseñado para formaciones como la suya, con una responsabilidad inmensa sobre los hombros y con la atención de medio mundo puesta en el importante proceso en el que estaban participando. También eran mujeres que tenían familia (y, en algunos casos, otros trabajos), todo ello en un momento en el que el término conciliación ni siquiera formaba parte del vocabulario de mucha gente. Cabe preguntarse cuántos de los hombres que participaron en el proceso vivieron situaciones similares a las que describe Monica McWilliams en su autobiografía, como la de tener que encontrar un hueco en pleno recuento de votos de las elecciones para ir a comprar unos zapatos a su hijo pequeño o la de pasarse interminables sesiones de negociación sintiéndose culpable por no estar lo suficientemente presente en la vida de sus hijos.

La contribución que terminaría haciendo la Coalición de Mujeres al contenido del acuerdo es innegable e importantísima. Gracias a su énfasis en cuestiones que nadie habría planteado si ellas no hubieran estado presentes, el texto acabó incluyendo párrafos claves sobre temas que afectaban directamente a las mujeres, como su «derecho a la participación plena e igualitaria en la política» y el compromiso con «la mejora de su posición en la vida pública», aunque para ello tuvieran que convencer a más de uno de la importancia de esa clase de contenido. (En las horas finales de negociación, ante una petición de que argumentaran por qué aquellos puntos debían figurar en el texto final, una de las mujeres de la Coalición, Avila Kilmurray, recurrió al acertado término acuñado por la socióloga Eileen Evason y contestó: «Porque llevamos treinta años viviendo en un patriarcado armado»). Sin embargo, el sello de la Coalición en el acuerdo no está solo en las cuestiones de género, sino en toda una serie de puntos relacionados con la inclusión de todos los grupos marginalizados y que ponían el foco en los avances sociales y la reconciliación (en lugar de en la cuestión de si Irlanda del Norte debía pertenecer al Reino Unido o a la República de Irlanda, que a veces parecía ser lo único que importaba a otros partidos). De no haber sido por sus aportaciones, el acuerdo no habría incluido ningún contenido sobre los derechos de las víctimas, el fomento de la educación y la vivienda no segregadas, todo un apartado relacionado con la reconciliación, diversos aspectos en materia de derechos humanos o la necesidad de un mecanismo de participación de la sociedad civil en temas sociales, económicos y culturales. Que la inclusión de estos puntos en el acuerdo no siempre se haya traducido después en su implementación o cumplimiento es otra cuestión (y las integrantes de la Coalición, al hacer autocrítica a posteriori, siempre han reconocido que tendrían que haber introducido más mecanismos que garantizaran la implementación del acuerdo), pero menos aún se habrían podido cumplir si ni siquiera hubieran llegado a incluirse. El proceso de implementación del acuerdo, en el que también participó la Coalición de Mujeres desde que obtuvo representación en el Parlamento norirlandés en 1998 y hasta la disolución del partido en 2006, quedará para otra carta.

Copia del Acuerdo de Viernes Santo (o Acuerdo de Belfast) firmada por algunos de los participantes en las negociaciones de paz

Además de su contribución al contenido del propio texto, lo que sin duda aportó la Coalición de Mujeres al proceso de paz fue algo menos tangible pero posiblemente más importante: una forma distinta de hacer las cosas. Es cierto que la actitud de algunos de los otros participantes en las negociaciones dio lugar a algunos episodios que recuerdan más a un patio de colegio que a un proceso político de alto nivel, así que a veces quizá no era mucho lo que había que hacer para parecer personas sensatas, razonables y conciliadoras, pero el espíritu con el que estas mujeres acudieron a las conversaciones fue ejemplar y sin duda resultó clave para que la negociación llegara a buen puerto. En un ambiente de muchísima tensión y desconfianza, a menudo adoptaron el papel de «mediadoras neutrales» entre otros negociadores: mantuvieron el diálogo con todas las partes en todo momento, hicieron de intermediarias entre partidos e incluso, siguiendo el primero de los tres principios que habían decidido que guiarían todas sus actuaciones (inclusión, igualdad y derechos humanos), no interrumpieron el contacto con aquellos partidos que en distintos momentos del proceso fueron expulsados temporalmente de las conversaciones, a los que mantuvieron informados del desarrollo de las negociaciones para asegurarse de que nadie quedara excluido y el proceso no descarrilara.

Tanto para esto como para muchos otros aspectos de las negociaciones fue clave el importante esfuerzo que hicieron por construir y cultivar relaciones con otros actores del proceso. Conscientes del valor de la «política de los encuentros informales», se aseguraron de aprovechar todas las oportunidades posibles para estrechar relaciones con todas las partes, no solo como forma de obtener información, sino también de crear el mejor ambiente posible para propiciar una negociación fructífera (McWilliams cuenta en su libro que Pearl Sagar se dejó hasta la salud, por todas las veces que salió a fumar solo para poder charlar distendidamente con otros fumadores). Este esfuerzo por cultivar relaciones no se limitó a los otros partidos implicados en las conversaciones, sino que se extendió a muchos otros actores: miembros de la sociedad civil con los que mantuvieron el contacto ininterrumpidamente para asegurarse de no perder de vista sus necesidades y reivindicaciones, personas con perfiles técnicos que pudieran asesorarlas sobre los asuntos objeto de negociación, mediadores, el personal del equipo del presidente de las negociaciones (el exsenador estadounidense George Mitchell) y, en general, toda persona de dentro o fuera de Irlanda del Norte que pudiera contribuir positivamente al proceso de paz. A este respecto, son destacables sus contactos con Hillary Clinton, entonces primera dama de Estados Unidos, que en más de una ocasión elogió públicamente el trabajo que estaban realizando las mujeres en las conversaciones de paz y que fue un apoyo importante durante el proceso. Hay que mencionar también que hubo otra serie de mujeres en puestos de responsabilidad, directa o indirectamente implicadas en las negociaciones —como la asesora principal de George Mitchell (Martha Pope), varias diplomáticas británicas y estadounidenses, la representante del Gobierno irlandés en las negociaciones (Liz O’Donnell) y, muy especialmente, la que fue ministra para Irlanda del Norte del Gobierno británico desde 1997, la muy querida Mo Mowlam—, que resultaron claves a la hora de escuchar, tomar en serio, apoyar y alentar a las integrantes de la Coalición en un proceso en el que a menudo parecían tener delante un muro de incomprensión.

Imagen de la exposición itinerante «Peace Heroines» (Heroínas de la paz), creada por la organización Herstory para conmemorar el 25.º aniversario de la firma del acuerdo y centrada en el papel de las mujeres en el proceso de paz. (Fotografía: Houses of Oireachtas, CC BY 2.0 DEED)

Aunque es fácil caer en la hipérbole y quizá incluso idealizar a estas mujeres, no creo exagerar si digo que la Coalición de Mujeres no solo realizó una contribución inestimable al proceso de paz, sino que marcó un antes y un después en la política norirlandesa. La visibilidad que adquirieron mujeres como Monica McWilliams, Pearl Sagar o Jane Morrice en la esfera pública y la solvencia que demostraron en sus puestos contribuyeron al incremento de la participación y la presencia de las mujeres en un escenario político hasta entonces prácticamente monopolizado por los hombres, en parte al obligar a los demás partidos a empezar a abordar la brecha de género en sus propias filas. Que las mujeres ocupen hoy el 36 por ciento de los escaños del Parlamento autonómico (en 1998 eran el 13 por ciento) o que el recién estrenado Gobierno de coalición tenga al frente a dos mujeres son hitos que, al igual que la paz de la que disfruta Irlanda del Norte desde aquel buenísimo Viernes Santo de 1998, deben mucho a la labor de unas políticas por accidente que decidieron plantar cara al peor de los patriarcados.

Milkman | Anna Burns

(AdN Alianza de Novelas, 2019; trad. de Maia Figueroa Evans)

Hace unos años, en un polémico artículo publicado en la revista Fortnight, la autora norirlandesa Rosemary Jenkinson expresó la opinión de que había demasiadas novelas de autores de la región que se centraban en el conflicto armado y que ya era hora de dejar atrás ese episodio y escribir sobre otros temas que no tuvieran nada que ver con ese periodo de la historia de Irlanda. Uno de los argumentos esgrimidos por quienes defienden el valor, o incluso la necesidad, de seguir publicando literatura sobre «los Troubles» es que, si bien es cierto que hay infinidad de novelas que tratan del conflicto norirlandés, también lo es que muchísimas de ellas se han centrado en las experiencias de determinados sectores de la población y que hay puntos de vista, voces y realidades que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer. A nadie le sorprenderá leer que la perspectiva femenina brilla por su ausencia en gran parte de esas obras.

Muchos factores han contribuido al «fenómeno Milkman» y al enorme éxito alcanzado por la novela de Anna Burns desde su publicación en 2018, pero sin duda uno de los principales es el hecho de que se centra en las experiencias de un tipo de personaje que hasta entonces apenas habíamos visto representado en la literatura del conflicto. La narradora y protagonista de la novela es una joven de dieciocho años que intenta sobrevivir en el ambiente opresivo, violento y absolutamente hostil del barrio obrero de Belfast en el que vive a finales de la década de los setenta. Cuando un hombre casado más de veinte años mayor que ella empieza a acosarla, pasa por el mismo calvario por el que pasaría cualquier víctima de ese tipo de acoso: la ansiedad, el miedo a lo que pueda hacerle su acosador, las dudas sobre si tiene algún derecho a negarse a tolerar ciertos comportamientos («habiéndome criado en una sociedad de gatillo muy fácil donde las reglas del juego eran que si no te infligían violencia física ni te dirigían insultos verbales rotundos […] no pasaba nada, ¿cómo podía estar yo sufriendo un ataque por parte de algo que no estaba sucediendo?»), el temor a que no la crean o la culpabilización a la que la somete su entorno (por el que enseguida empiezan a circular rumores de que está teniendo una relación con ese hombre y de que ella ha sido quien la ha propiciado) la llevan al límite en un angustioso viaje en el que no te recomiendo que la acompañes si buscas una lectura ligera y relajante. Lo que sería una situación extremadamente difícil y traumática para cualquier joven en esa tesitura se ve agravado aquí por el contexto social y político en el que tienen lugar los hechos, en el que absolutamente todo se ve afectado por el conflicto y donde cualquier medida que tome para intentar manejar la situación puede tener consecuencias terribles para ella y para quienes la rodean. En una comunidad donde la violencia está a la orden del día, donde acudir a la policía por un caso de acoso no solo es prácticamente inútil, sino que podría llevar a que alguien la acusara de ser informante y a que se le infligiera uno de los brutales castigos que se imponían a quienes se creía que colaboraban con «el enemigo», donde cualquier comentario o comportamiento (real o inventado por los chismosos del barrio) tiene ramificaciones que podrían volverse en su contra y donde existen unas normas muy claras sobre lo que la gente puede o no puede hacer en función del papel que les ha asignado su entorno, la situación de la protagonista es tan insoportable que una termina el libro dando gracias a quienes han contribuido a que, para muchas jóvenes de dieciocho años, el mundo sea hoy un lugar muy distinto al que describe Burns en las páginas de su novela.

Si hay una obra de ficción que retrata a la perfección lo que se quiere decir cuando se describe la Irlanda del Norte de los tiempos del conflicto como un patriarcado armado, esa obra es sin duda Milkman. En un universo paralelo en el que la novela hubiera existido en la década de los noventa, habérsela hecho leer a todos aquellos dinosaurios que ponían en duda la importancia de la perspectiva de género en las negociaciones de paz seguramente les habría ahorrado mucha saliva a las integrantes de la Coalición de Mujeres.

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