NORTE #5: Tomarte un té con tu enemigo

Domingo, 26 de mayo de 2024

Bout ye?

En la madrugada del día 12 de octubre de 1984, una bomba hizo explosión en la habitación 629 del Grand Hotel de Brighton, en el sur de Inglaterra, causando cinco víctimas mortales y más de treinta heridos. Una noticia que en cualquier caso habría atraído la atención de gran parte del mundo, por la envergadura del atentado y por haberse producido en suelo inglés, acaparó aún más titulares a causa de la identidad de aquellos contra quienes se había querido atentar: nada menos que la primera ministra británica, Margaret Thatcher, y los integrantes de su Gobierno, en ese momento reunidos en la ciudad costera junto a muchos otros miembros del Partido Conservador para la celebración del congreso anual del partido.

Portada del diario El País del 13 de octubre de 1984

Para entonces, el IRA Provisional llevaba quince años de lucha armada con el objetivo de acabar con el dominio británico sobre Irlanda del Norte, en el contexto de un conflicto que ya se había cobrado más de 2500 vidas y que tenía sumida a la región en el periodo más trágico de su historia. Aunque no era el primer atentado del IRA en territorio inglés, ni tampoco la primera vez que el objetivo era una figura prominente de la clase dirigente británica (el caso más sonado hasta entonces había sido el asesinato cinco años antes de un miembro de la familia real, lord Mountbatten), sí era la primera vez que se atentaba directamente contra miembros del Gobierno, a quienes el grupo paramilitar republicano veía como «objetivos legítimos» por considerarlos los responsables directos de controlar la «maquinaria bélica» con la que, a sus ojos, se mantenía ocupado el norte de Irlanda y sometida a la población católica de la región. Thatcher, en concreto, era una figura especialmente odiada por el movimiento republicano irlandés, sobre todo a raíz de su gestión de la huelga de hambre en la que, en 1981, diez miembros de grupos paramilitares nacionalistas murieron de inanición en la cárcel de Long Kesh en protesta por la denegación a los reclusos del estatus especial de presos políticos del que habían disfrutado anteriormente. La insistencia de Thatcher en considerar a estos reos simples delincuentes y no presos políticos («la delincuencia es delincuencia es delincuencia», afirmó en una de sus declaraciones más citadas), postura con la que buscaba deslegitimar la causa republicana y reforzar el argumento de que lo que estaba sucediendo en Irlanda del Norte no era ninguna guerra de liberación, convirtió la huelga en un pulso entre la primera ministra y los republicanos que supuso un punto de inflexión en el curso del conflicto y dio origen a una profunda aversión hacia ella en las filas del IRA que tendría su manifestación más directa y violenta tres años más tarde en Brighton.

El atentado de Brighton, sin embargo, más allá de ser una revancha contra la Dama de Hierro por las muertes de los huelguistas (y otras muertes atribuibles al Estado que ella gobernaba), respondía al deseo del IRA de trastocar la estrategia de «contención del conflicto» que estaba llevando a cabo el Gobierno de Thatcher. Desde el punto de vista del Ejecutivo británico, mientras los atentados fueran algo que sucedía mayormente en Irlanda y que, por lo tanto, no recibía mucha atención por parte de los medios de comunicación ingleses ni interfería demasiado en la agenda política nacional, no había grandes inconvenientes en que el conflicto siguiera prolongándose todavía más y no hacía falta hacer de su resolución un asunto prioritario. Según la lógica del IRA, si se llevaban las bombas a territorio inglés, el Gobierno no podría seguir mirando para otro lado y se vería forzado a escuchar sus reivindicaciones. Como decían ya a finales del siglo XIX los republicanos irlandeses que por esa época atentaron en la capital británica, «una bomba en Londres vale por cien en Irlanda». Una bomba en el corazón mismo del Gobierno —no digamos ya si lograba acabar con la vida de la primera ministra— valdría por mil.

La bomba que hizo explosión el 12 de octubre había sido colocada en el Grand Hotel por un hombre llamado Patrick Magee. Magee, que había nacido en Belfast pero había pasado gran parte de su infancia y adolescencia en Inglaterra antes de regresar a Irlanda del Norte, tenía treinta y cuatro años y llevaba más de diez en el IRA, varios de ellos en el llamado «Departamento de Inglaterra», la unidad encargada de perpetrar atentados en territorio inglés. Durante una estancia en el hotel entre los días 14 y 17 de septiembre, instaló una bomba fabricada con 45 kilos de gelignita bajo la bañera de la habitación 629 y programó su detonación para 24 días, 6 horas y 36 minutos más tarde, es decir, durante la madrugada del último día del congreso del Partido Conservador.

El Grand Hotel de Brighton en 2017

El artefacto hizo explosión a las 2:54 h de la mañana y provocó el desplome de una chimenea de cinco toneladas que fue atravesando piso tras piso desde la azotea hasta el sótano y que arrasó con todas las habitaciones terminadas en 8. Si hubiera atravesado las terminadas en 9, habría afectado directamente a la suite Napoleón, en la primera planta, que abarcaba las habitaciones 129 y 130 y donde estaba alojada la primera ministra. En ese momento, Thatcher se encontraba levantada, dando los últimos retoques al discurso que iba a pronunciar al día siguiente en la clausura del congreso. Salió ilesa, pero su suerte podría haber sido bien distinta si hubiera pasado un par de minutos más en el baño, de donde acababa de salir y que sí sufrió importantes daños. No corrieron la misma suerte los más de treinta heridos ni las cinco víctimas mortales: las esposas de tres cargos del Partido Conservador (Jeanne Shattock, Muriel Maclean y Roberta Wakeham), el presidente de una de las divisiones regionales del partido (Eric Taylor) y un diputado con una trayectoria de veinte años en el Parlamento, Anthony Berry.

A las cuatro de la madrugada, delante de la comisaría de Brighton, Thatcher concedió una breve entrevista en la que anunció que el congreso no se iba a suspender. Decidida a no mostrar debilidad alguna y a no hacer ninguna concesión a quienes habían querido acabar con su vida, a las nueve y media de la mañana estaba en la primera sesión del congreso y, pocas horas más tarde, pronunciaba su discurso tal como estaba previsto, en el que manifestó que el hecho de que esa mañana estuvieran allí reunidos era una señal «no solo de que el atentado ha fracasado, sino de que todos los intentos de destruir la democracia mediante el terrorismo fracasarán». Esa misma mañana, el IRA emitió un comunicado en el que reivindicaba la autoría del atentado y que terminaba con un aviso: «Hoy no hemos tenido suerte, pero recordad que a nosotros solo nos hace falta tener suerte una vez; vosotros vais a necesitarla todas las veces».

El hotel después del atentado. (Fotografía: D4444n, CC BY-SA 3.0 DEED)

Esa misma tarde, Joanna (Jo) Berry, hija del diputado Anthony Berry, recibió la confirmación de que su padre, inicialmente en la lista de desaparecidos, era uno de los fallecidos. De la noche a la mañana, esta joven de veintisiete años procedente de un ambiente privilegiado de clase alta vio cómo su vida entera quedaba completamente trastocada: no solo tenía que vivir el duelo por la pérdida de su padre en tan trágicas circunstancias (y, además, hacerlo con la atención pública puesta en ella y en su familia), sino que, de un día para otro, se encontró en el centro de un complejo conflicto político que hasta entonces no había tocado su vida de ningún modo y del que tenía un conocimiento bastante somero. En los meses siguientes, Jo tomó una decisión cuyas consecuencias eran impredecibles entonces, pero que acabaría siendo determinante para el resto de su vida: en lugar de dejarse invadir por el odio y el resentimiento, quiso comprender quiénes eran las personas responsables del atentado, descubrir quiénes estaban detrás de las etiquetas de «asesinos» y «terroristas» utilizadas por los medios y entender las circunstancias en las que un ser humano decidía colocar una bomba en un hotel y acabar con la vida de personas como su padre. A lo largo de los años siguientes, se interesó por comprender el conflicto en profundidad y visitó Irlanda del Norte en varias ocasiones para conocer las circunstancias en las que vivía la población de la región. Allí, además, afirma que encontró un apoyo y un acompañamiento que sentía que no existían en Inglaterra, donde las víctimas no contaban con un marco en el que situar su experiencia como el que sí existía en un territorio donde había mucha más gente en situaciones comparables. No fue un proceso fácil (Jo cuenta que, en la Irlanda del Norte de la época del conflicto, simplemente un acento inglés como el suyo a veces provocaba rechazo en ciertos entornos), pero puso los cimientos de una relación con Irlanda y con el conflicto sin la que seguramente casi nada de lo que vino después habría sido posible.

Tras unos meses esquivando a la policía después de Brighton, durante los cuales participó en la preparación de una serie de atentados planeados para el verano siguiente, Patrick Magee fue detenido en Glasgow en junio de 1985 y, en un juicio celebrado al año siguiente, condenado a ocho cadenas perpetuas. Según la recomendación del juez, que lo describió como «un hombre de una crueldad y una inhumanidad extraordinarias», debería pasar un mínimo de treinta y cinco años en prisión antes de poder optar a la libertad condicional. En cumplimiento de los términos del acuerdo de paz que puso fin al conflicto norirlandés en 1998, sin embargo, fue puesto en libertad en junio de 1999 tras pasar catorce años en la cárcel.

Un año después de salir de prisión, en el verano de 2000, Patrick (Pat) supo que Jo Berry había establecido contacto con una organización que trabajaba con expresos republicanos y había expresado el deseo de conocerle. En sus años en la cárcel, Pat había reflexionado sobre la necesidad de que las personas como él, como parte del proceso de paz, abordaran cuestiones como el papel que habían desempeñado en el conflicto y las consecuencias de las décadas de violencia, y había llegado a la conclusión de que aquella era una obligación política que debía asumir. Sin embargo, aunque se había imaginado reuniéndose con miembros de grupos paramilitares del otro bando, o quizá con soldados del Ejército británico, la posibilidad de mantener un encuentro con una víctima no era algo que hubiese contemplado. La propuesta de Jo fue inesperada, pero decidió aceptarla, en ese momento pensando más en el significado político del encuentro que en el personal. Una de sus motivaciones principales entonces era contrarrestar lo que consideraba una representación tergiversada del republicanismo y de sus combatientes, demonizados y reducidos a «monstruos» por buena parte de la clase política y los medios de comunicación británicos durante décadas, y poder explicar las perspectivas, motivaciones y objetivos del IRA de un modo que pusiera sus actuaciones en contexto y ayudara, si no a justificarlas, al menos sí a comprenderlas.

El día 24 de noviembre de 2000, dieciséis años después del atentado, Jo Berry y Pat Magee se reunieron a solas en una casa particular en Dublín. Pese a que ambos han contado muchas veces cómo se desarrolló el encuentro de tres horas que mantuvieron ese día, para la mayoría de nosotros seguramente sea imposible llegar a comprender la profundidad y la trascendencia que tuvo aquel episodio para sus protagonistas. El relato de los hechos que se incluye a continuación, construido a partir de las numerosas descripciones del encuentro que han ofrecido ellos dos desde entonces, solo puede aspirar a rozar la superficie de lo que seguramente sea una de las experiencias más intensas que puede vivir un ser humano.

Al inicio de la conversación, Pat empezó haciendo una justificación de sus actos, describiendo el atentado contra el Partido Conservador y el Gobierno de Thatcher como un acto de guerra legítimo en el contexto del conflicto y del daño histórico infligido a la población católica del norte de Irlanda. Explicó los motivos que le habían llevado a unirse al IRA, manifestó su convencimiento de que la lucha armada había sido una respuesta necesaria (y, por lo tanto, justificada) ante la represión a la que el Estado venía sometiendo a su pueblo y mantuvo que, aunque era de lamentar que hubiera habido víctimas, el agotamiento de todas las demás vías y recursos no había dejado otra alternativa que la violencia.

Al cabo de un rato, sin embargo, se produjo un cambio en el tono de la conversación. Jo leyó un poema que había escrito, titulado «Bridges Can Be Built», en el que describía ese mismo encuentro tal como se lo había imaginado ella unos meses antes. En el poema, Jo hablaba de la posibilidad de tender puentes si se dejaba atrás el tribalismo y de su deseo de ver al responsable de la muerte de su padre como un ser humano, como alguien a quien quizá incluso poder llegar a comprender. También le habló a Pat de su padre, Anthony Berry; no como miembro del Partido Conservador, como diputado ni con ninguna de esas etiquetas que lo habían convertido en un «objetivo legítimo» a ojos del hombre que tenía delante, sino como padre y como ser humano. Pat, que afirma que seguramente estaba más preparado para enfrentarse a una persona llena de rabia y resentimiento que a semejante muestra de generosidad y empatía, se quedó «desarmado» (esa es la interesante palabra empleada a menudo por ambos al narrar aquellos momentos) y, tal como lo describe Jo, se quitó su «máscara política» y abordó el resto de la conversación desde una perspectiva más humana. En ese momento, Pat se dio cuenta de que era culpable de exactamente lo mismo de lo que acusaba a sus enemigos de haber hecho con él: había reducido a sus víctimas a simples etiquetas (las siglas de un partido, la pertenencia a un Gobierno) y, en definitiva, las había deshumanizado. Al escuchar a Jo hablar de aquel hombre al que hasta entonces solo había visto como a un enemigo abstracto, empezó a ver a Anthony Berry como a un ser humano y tomó conciencia de lo que había hecho. «Yo lo había matado. Había matado a un buen hombre», afirma en su autobiografía.

Al final del encuentro, se abrazaron y Pat dijo: «Siento mucho haber matado a tu padre», a lo que Jo contestó: «Me alegro de que fueras tú». Como explicaría más tarde, lo que quería decir con esa frase era que apreciaba que Pat hubiese querido mantener un diálogo con ella, escucharla, entender su punto de vista y estar dispuesto a ver a su padre como a un ser humano. En definitiva, adoptar la misma actitud que ella había tenido hacia él, gracias a la cual Jo había podido incluso llegar a preguntarse si ella misma habría llevado a cabo las mismas acciones que Pat si su vida y sus circunstancias hubieran sido las de él. La persona responsable de su dolor podría no haber estado dispuesta a iniciar siquiera ese diálogo o podría haberse mantenido inamovible en esa postura de justificación de sus actos y deshumanización de su víctima, pero ese día ambos fueron capaces de iniciar un viaje que los cambiaría profundamente y que tendría un enorme impacto no solo en sus vidas, sino en las de muchos otros.

Fotograma del documental de la BBC Facing the Enemy, sobre los encuentros entre Jo Berry y Pat Magee

Aunque en ese momento no lo sabían, pues no contaban con una hoja de ruta con la que transitar por lo que para ambos era un territorio completamente desconocido, aquel terminaría siendo tan solo el primero de varios encuentros, algunos de los cuales fueron filmados e incluidos en un documental de la BBC, Facing the Enemy, emitido por primera vez en diciembre de 2001. Una vez que la historia de esta peculiar relación empezó a conocerse, Jo y Pat comenzaron a recibir invitaciones para participar en actos públicos y contar su historia en distintos foros de todo el mundo, algo que ambos han sabido —y querido— utilizar para convertir su experiencia personal en una herramienta social para la resolución de conflictos de diverso tipo. Mediante el trabajo llevado a cabo por las organizaciones que ellos mismos han fundado, así como la colaboración con otras entidades y proyectos (como The Forgiveness Project) y la participación en actos de índole diversa en todo el mundo (más de doscientas intervenciones juntos hasta la fecha), durante las últimas dos décadas se han dedicado a promover el diálogo y el entendimiento y a difundir el mensaje de que, a través de la práctica de la empatía, es posible evitar caer en la clase de procesos de deshumanización del otro que pueden acabar conduciendo a la violencia. La primera vez que hablaron juntos en público, Pat dijo que el proceso de rehumanización de su víctima que había llevado a cabo a través del contacto con Jo le había hecho darse cuenta de que Anthony Berry era una persona «con la que podría haberse sentado a tomar un té». El objetivo de Pat y Jo ahora, por lo tanto, es promover acciones que faciliten que las personas se sienten a tomar ese té metafórico con «el otro» antes de llegar a situaciones de conflicto y de violencia.

Magee y Berry en 2014 en Belfast, en un acto sobre procesos de paz y reconciliación. (Fotografía: Brian O’Neill, CC BY 2.0 DEED)

Por si todo esto parece demasiado idílico para ser cierto, conviene aclarar que el proceso no ha sido un camino de rosas ni ha estado exento de dificultades. La relación entre Pat y Jo (descrita por ellos mismos como una «amistad») no siempre ha sido fácil. Debido en parte al trabajo que han escogido hacer, mantener esa relación les ha obligado a rememorar una y otra vez episodios durísimos y les ha hecho vivir momentos muy difíciles, a veces encima de un escenario. Constantemente han tenido que reevaluar la situación en la que se encontraban y la relación que mantenían, teniendo que decidir prácticamente después de cada encuentro si querían y podían continuar con lo que estaban haciendo y, en alguna ocasión, llegando a interrumpir el contacto durante semanas o meses. A día de hoy, Pat sigue manteniendo la postura de que la violencia fue necesaria y estuvo justificada en el contexto en el que la ejerció, postura que a Jo le resulta muy difícil de aceptar. Los dos se han enfrentado a críticas por parte de quienes no ven con buenos ojos el camino que ellos han escogido seguir. El miedo a causar dolor a otras víctimas que han escogido otros caminos a veces ha llegado a ser casi paralizante para Jo. Por último, el hecho de haber comenzado su viaje en una fase tan temprana del proceso de paz también supuso que recorrieran gran parte del camino por su cuenta, sin el apoyo de la clase de expertos (mediadores, psicólogos, especialistas en resolución de conflictos) que habrían minimizado los posibles daños y que podrían haberlos guiado por lo que sin duda es un proceso extremadamente complejo y delicado. En definitiva, el suyo no ha sido un camino fácil, pero la historia de Jo y Pat demuestra que, tal como rezaba el título de aquel poema casi profético que escribió ella meses antes de conocer al hombre que asesinó a su padre, «tender puentes es posible».

Eureka Street | Robert McLiam Wilson

(Tusquets, 1999; trad. de Daniel Aguirre Oteiza)

Como estamos en confianza, confesaré que este mes he estado a punto de dejar que un autor inglés se colara en NORTE y de incluir como recomendación El gran salto, la novela de 2015 en la que Jonathan Lee ficcionó lo sucedido en Brighton en 1984 combinando los puntos de vista del subdirector del hotel, su hija adolescente y un joven miembro del IRA implicado en el atentado. Sin embargo, para no saltarme mis propias reglas sobre la procedencia de los autores recomendados en NORTE (se empieza así y acaba una con la newsletter colonizada), la recomendación de hoy es la tercera —y, por desgracia, última— novela del norirlandés Robert McLiam Wilson. Quien ya conozca el libro podría pensar que el motivo de recomendarlo es que contiene la que seguramente sea una de las mejores descripciones que jamás se han escrito de un atentado con bomba (si tienes curiosidad y no te animas con las más de cuatrocientas páginas de la novela, lee solamente el capítulo 11), pero no es así. Lo verdaderamente interesante de Eureka Street es la peculiar y atípica amistad que, al igual que esta carta, tiene en su núcleo.

Eureka Street narra un periodo de unos seis meses en la vida de Chuckie Lurgan y Jake Jackson, dos amigos que rondan la treintena y que tratan de encontrar su sitio en el complicado e inhóspito ambiente del Belfast del año 1994. En una sociedad en la que, tras más de dos décadas de conflicto, todavía impera la obsesión por dividir y enfrentar, y donde parece que todo el mundo está obligado a tomar partido y a atrincherarse en uno de los dos bandos, el protestante Chuckie y el católico Jake nadan a contracorriente. Poseen una capacidad admirable para no dejarse contagiar por el fanatismo que los rodea, una actitud deliciosamente irreverente hacia todo aquello que los sectarios consideran sagrado y una lucidez que les permite retirar todas las capas de retórica y manipulación y percibir cuál es la triste realidad del conflicto y quiénes son sus verdaderas víctimas: «Había descubierto que el conflicto político que se había producido durante toda su vida de adulto había sido mentira. Era una guerra entre un ejército que decía que no quería luchar y un grupo de revolucionarios que afirmaban que tampoco querían luchar. […] Además, aquellos ejércitos no solían matarse unos a otros. Por lo general iban y mataban al primer ciudadano que pasaba por ahí».

Donde otros ven una guerra, Chuckie y Jake ven el puro sufrimiento de un pueblo a causa de una violencia no escogida ni deseada, y mientras otros persiguen la división y la polarización, ellos buscan la unidad y la concordia, cuya mejor representación es precisamente la amistad que los une: «Protestante y católico, la sencilla relación de hermanos que tenían constituía el ejemplo más claro de lo que quería decir [Chuckie] cuando afirmaba que nadie que él conociera había luchado en ninguna guerra. Él y Jake tenían una amistad que el mundo creía que no podía existir».

Con su desternillante humor y su discurso pacifista, esta extraña pareja es un verdadero soplo de aire fresco en el ambiente irrespirable del Belfast de Eureka Street, una novela que homenajea a quienes, incluso en pleno conflicto, también fueron capaces de tender puentes y sentarse a tomar un té con el enemigo.

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