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Lunes, 30 de diciembre de 2024
Bout ye?
Este mes de octubre, que es cuando habría enviado esta carta si la vida no se hubiese interpuesto, se cumplieron cuarenta y tres años del fin de uno de los episodios más conocidos del conflicto de Irlanda del Norte, un episodio entre cuyos protagonistas, además, se encuentra también una de las figuras más célebres de ese trágico periodo de la historia reciente de la isla. Me estoy refiriendo a la huelga de hambre en la que diez presos republicanos murieron de inanición en una cárcel norirlandesa entre los meses de mayo y agosto del año 1981 y a un nombre que dio la vuelta al mundo entonces y que todavía hoy es recordado, no solamente en Irlanda o Gran Bretaña, sino a lo largo y ancho del mundo.
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Mural dedicado a Bobby Sands, 49 Falls Road, Belfast. (Fotografía: Stuart Taylor, CC BY-SA 2.0)
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Ya en la Irlanda precristiana existía una práctica, llamada troscadh o cealachan, que consistía en sentarte en la puerta de la casa de alguien que había cometido una injusticia contra ti y hacer huelga de hambre para avergonzarlo hasta que el agravio quedase reparado. Quizá inspirándose en esta antigua tradición, el movimiento republicano irlandés recurrió repetidas veces a este método de protesta durante el proceso de independencia de 1916-1923, cuando ocho presos fallecieron de esa forma en cárceles inglesas e irlandesas, así como en las décadas siguientes, cuando otras cuatro personas perdieron la vida del mismo modo. Ninguna de estas huelgas y muertes, sin embargo, tiene ni de lejos el peso en el imaginario colectivo irlandés que tienen los hechos de 1981.
En realidad, los acontecimientos de ese año fueron la culminación de una protesta más duradera que se sirvió de otros métodos antes de recurrir a la huelga de hambre y que tuvo como objetivo la recuperación del estatus de presos políticos del que los encarcelados por actividades paramilitares habían disfrutado hasta el año 1976. La llamada «categoría especial» había sido introducida por el Gobierno británico en 1972 y, a todos los efectos, convertía a los miembros de grupos paramilitares que cumplían condena en las cárceles norirlandesas en prisioneros de guerra. Este estatus iba acorde con la visión del conflicto que tenían los propios presos republicanos (del IRA y otros grupos paramilitares nacionalistas), que consideraban que la lucha armada que venían llevando a cabo desde finales de los años sesenta era una continuación de la guerra de liberación que había quedado inacabada en la década de 1920, cuando el norte de Irlanda había permanecido integrado en el Reino Unido en lugar de quedar incorporado en el nuevo país independiente de Irlanda junto con el resto de la isla. La categoría especial, además, daba a estos reclusos una serie de privilegios que no tenían los presos comunes en la cárcel, tales como no tener que llevar uniforme, poder recibir más visitas y paquetes del exterior, no tener que trabajar o poder relacionarse con otros presos y organizar actividades educativas o de ocio dentro de la cárcel.
A partir de mediados de los setenta, el Gobierno británico comenzó a adoptar una estrategia de «criminalización» del conflicto armado, con la que pretendía alterar la percepción y el relato de lo que estaba sucediendo en Irlanda y lograr que, en lugar de verse como combatientes en una guerra de liberación y en un conflicto político de naturaleza colonial, el IRA y otros grupos paramilitares pasaran a ser percibidos exclusivamente como bandas criminales organizadas cuyas actividades delictivas no pudieran calificarse de «políticas» y no se distinguieran de las que llevaba a cabo cualquier delincuente común. Como parte de esta estrategia, el Gobierno anunció que, a partir del 1 de marzo de 1976, la categoría especial se eliminaría y cualquier condenado por ese tipo de actividades tendría el mismo régimen carcelario que los presos comunes, sin ninguno de los privilegios de los que habían disfrutado hasta entonces gracias a su estatus especial.
Una de las primeras consecuencias de esta decisión, que supuso un duro golpe propagandístico para el movimiento republicano y que, además, amenazaba la autoridad que tenían los líderes de los grupos paramilitares dentro de las propias cárceles (al limitar sus posibilidades de reunión y comunicación), fue el comienzo de una guerra abierta contra el propio sistema carcelario. En un comunicado de principios de 1976, los líderes de los presos del IRA afirmaron que ellos estaban dispuestos a morir por el estatus de presos políticos y que quienes intentaran arrebatárselo «debían prepararse para pagar el mismo precio». Los funcionarios de prisiones, que hasta entonces no habían estado entre los objetivos del grupo paramilitar, pasaron a convertirse en blanco de sus atentados a partir de ese año: dieciocho serían asesinados por el IRA a lo largo de los cinco años siguientes.
El 14 de septiembre de 1976, un joven llamado Kieran Nugent fue condenado a tres años de cárcel por posesión de armas y robo de un vehículo, y se convirtió en el primer miembro del IRA en ingresar en prisión sin el estatus especial del que habría disfrutado de haber sido condenado unos meses antes. Al llegar a la célebre prisión de Maze (también conocida como Long Kesh), cerca de Belfast, Nugent se negó a ponerse el uniforme carcelario en señal de protesta y afirmó que, si querían que se lo pusiera, «iban a tener que clavárselo a la espalda». Comenzó así lo que acabaría conociéndose como «la protesta de las mantas», en la que, durante nada menos que cinco años, centenares de presos republicanos reclamaron la restitución del estatus de presos políticos negándose a vestir el uniforme y permaneciendo desnudos o tapados exclusivamente con las mantas de sus celdas. Casi cincuenta años después de aquellos acontecimientos, la imagen de los llamados «hombres de las mantas», así como la del rostro de Kieran Nugent, siguen estando entre las más presentes en los célebres murales de los barrios nacionalistas de Irlanda del Norte.
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Representación de Kieran Nugent y la protesta de las mantas en un mural de Belfast
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En 1978, en vista de que la protesta de las mantas no estaba consiguiendo los resultados deseados, los presos sumaron un nuevo método de protesta a su campaña. Debido a la violencia física y verbal que en ocasiones ejercía contra ellos el personal de la cárcel, algunos de los reclusos empezaron a negarse a salir de sus celdas para ir al baño o ducharse. Además de no lavarse, dejaron de vaciar los orinales que utilizaban en sus celdas y empezaron a echar sus orines por debajo de la puerta y, más adelante, también a embadurnar las paredes con sus propios excrementos. La llamada «protesta sucia» (que, entre otras cosas, pretendía despertar la simpatía de la opinión pública a base de generar unas condiciones absolutamente deplorables para los presos) se prolongó durante tres años y también nos dejó algunas de las imágenes más conocidas del conflicto: hombres que llevaban semanas sin lavarse ni afeitarse, en celdas hediondas con las paredes cubiertas de heces, rodeados de los gusanos salidos de la comida que dejaban en un rincón hasta que se pudría, durmiendo en colchones en el suelo y recibiendo un trato brutal por parte del personal de la cárcel. Ninguna descripción que pueda hacer yo aquí puede lograr el impacto que tienen las crudas imágenes de alguna de las múltiples películas que han reflejado estos hechos en el cine, muy especialmente la estremecedora Hunger, de Steve McQueen.
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Fotograma de la película Hunger (2008)
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De nuevo ante la falta de resultados de estas dos protestas, con las que en cuatro años no se había conseguido ninguna concesión por parte del Gobierno (ahora encabezado por Margaret Thatcher), en 1980 los presos republicanos decidieron ir un paso más allá y recurrir a un método más drástico: la huelga de hambre. Siete hombres (seis del IRA y uno de otro grupo paramilitar republicano, el INLA) comenzaron su ayuno en la cárcel de Maze el 27 de octubre de 1980. Sus cinco demandas eran las siguientes: no llevar el uniforme carcelario; no realizar trabajos en la cárcel; el derecho a la libre asociación y comunicación con otros presos y a organizar actividades educativas y de ocio en la prisión; un mayor número de visitas, paquetes y cartas del exterior, y la recuperación de los días de reducción de pena por buen comportamiento que habían perdido por cada día que habían pasado secundando la protesta de las mantas o la protesta sucia.
Cuando, al cabo de unas semanas, la vida de uno de los presos en huelga, Sean McKenna, empezó a correr peligro, el Gobierno británico trató de alcanzar una resolución y envió un documento con una oferta que supuestamente satisfacía las cinco demandas de los presos. Para salvar la vida de McKenna, y con el convencimiento de que la oferta de los británicos iba a suponer la recuperación del estatus especial, el líder de la huelga, Brendan Hughes, tomó la decisión de desconvocarla cuando el documento aún no había llegado a Belfast: la huelga finalizó el 18 de diciembre (después de cincuenta y tres días) sin haberse cobrado ninguna vida. Cuando, una vez recibido y examinado el documento, se hizo patente que, en realidad, la oferta del Gobierno no incluía las concesiones que habían creído que incluiría y no resultaba en absoluto satisfactoria, los líderes de los presos de Maze, ahora con un hombre llamado Bobby Sands al frente, decidieron que no les quedaba otra que iniciar una segunda huelga de hambre. Esta vez tenían la certeza de que habría que llegar todavía más lejos.
El 1 de marzo de 1981, en el quinto aniversario de la eliminación del estatus especial, Bobby Sands inicia la segunda huelga de hambre y el IRA emite un comunicado en el que afirma: «Hemos mantenido que somos presos políticos y que todo lo que tiene que ver con nuestro país, nuestras detenciones, interrogatorios, juicios y condiciones carcelarias tiene una motivación política […]. Para demostrar una vez más que no actuamos movidos por el egoísmo y que la nuestra es una causa justa, varios de nuestros compañeros, comenzando con Bobby Sands hoy, harán huelga de hambre hasta morir a menos que el Gobierno británico abandone su política de criminalización y atienda nuestras demandas».
Ese mismo mes de marzo, a Sands se sumaron otros tres presos: Francis Hughes, Raymond McCreesh y Patsy O’Hara. En lugar de que todo un grupo de presos iniciaran la huelga a la vez como habían hecho unos meses antes, en esta ocasión se había decidido que los presos se irían sumando a ella de manera escalonada para maximizar el impacto, el apoyo popular y la presión sobre el Gobierno. Además de un intento por conseguir las mismas cinco demandas enumeradas anteriormente, la huelga era también una operación de relaciones públicas: el objetivo era movilizar a la opinión pública y obtener un mayor apoyo a la causa por parte de la población nacionalista, especialmente la más moderada y menos inclinada a defender el uso de la violencia de los grupos paramilitares.
Aunque inicialmente la huelga no consiguió un apoyo popular como el que esperaba y deseaba el movimiento republicano, a los pocos días del comienzo sucedió algo inesperado que cambió por completo el curso de los acontecimientos. El 5 de marzo, el diputado del Parlamento británico por la circunscripción norirlandesa de Fermanagh y South Tyrone, Frank Maguire, falleció de un infarto. En el sistema parlamentario británico, cuando un miembro de la Cámara de los Comunes (donde cada circunscripción electoral está representada por un único diputado) deja de ocupar su escaño en mitad de una legislatura, se organizan unas elecciones en la circunscripción que ha quedado sin representación para que la población escoja a un sustituto. Tras la muerte de Maguire, alguien en el movimiento republicano (existen distintas teorías sobre quién fue) tuvo una idea que solo puede calificarse de brillante: presentar a Bobby Sands como candidato a esas elecciones. Sin abandonar en ningún momento la cárcel de Maze, y en plena huelga de hambre, este joven carismático con dotes artísticas que había pasado más de ocho de sus veintisiete años de vida en prisión se convirtió en candidato a diputado en las elecciones, lo que dio una visibilidad a la huelga y a la causa por la que estaban luchando los presos con la que apenas unas semanas antes el movimiento no podría ni haber soñado. La duda era si Bobby Sands lograría atraer los suficientes votos de nacionalistas moderados que no apoyaban la lucha armada, a quienes el Sinn Féin (el brazo político del IRA) pidió «prestado» su voto solo por esa vez. El voto para Sands se presentó como una herramienta no tanto para elegirle diputado, sino para salvarle la vida, con el argumento de que el Gobierno británico no dejaría morir de hambre en la cárcel nada menos que a un diputado de Westminster. Finalmente, en las elecciones celebradas el 9 de abril, Sands obtuvo 30.492 votos, frente a los 29.046 del candidato unionista, y, en su cuadragésimo día de huelga, se convirtió en diputado del Parlamento británico. La elección de un miembro del IRA encarcelado, que demostraba la existencia de un apoyo popular a su causa que hacía difícil al Gobierno mantener el relato de que la población no simpatizaba con los paramilitares, no solo supuso un éxito propagandístico sin precedentes para el movimiento republicano, sino también una presión adicional para la primera ministra, que muchos pensaban que no dejaría morir de hambre a un parlamentario escogido democráticamente. Subestimaban la dureza de la Dama de Hierro, que se mantuvo inflexible y que afirmó una y otra vez que la delincuencia no admitía calificativos y que la concesión del estatus de presos políticos estaba fuera de toda discusión.
Bobby Sands falleció en la cárcel el 5 de mayo de 1981, tras sesenta y seis días de huelga. Dos días más tarde, su entierro en Belfast congregó a unas cien mil personas, una de las mayores manifestaciones nacionalistas jamás vividas en Irlanda del Norte y una muestra clara del profundo impacto que causó su muerte y del apoyo del que ahora gozaba su causa entre muchos irlandeses. La impactante noticia dio la vuelta al mundo y las manifestaciones de apoyo y solidaridad se sucedieron en múltiples lugares del planeta. Entre los numerosos ejemplos de homenajes de diverso tipo a la figura de Sands, mi favorito es el de los estudiantes iraníes que, en mayo de 1981, colocaron carteles con las palabras «Calle Bobby Sands» en la calle de Teherán en la que se encontraba la embajada británica. El nombre acabó calando, se convirtió en el nombre oficial de la calle y la embajada se vio forzada a cambiar su dirección postal (adoptando la de una entrada situada en una calle lateral) para evitar que el nombre de Sands apareciera en toda su correspondencia.
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Cartel de la calle Bobby Sands en Teherán. (Fotografía: Orijentolog, CC BY 4.0)
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Aunque había distintas posturas dentro del IRA sobre cuánto tiempo debía continuar la huelga y si debía darse por terminada una vez que murieran los cuatro presos que la habían iniciado, finalmente se decidió que un nuevo preso iniciara el ayuno cada vez que falleciera uno de los anteriores y que la protesta —y el pulso con la primera ministra— se mantuviera durante un periodo mucho más largo del que se había previsto inicialmente. A los pocos días de la muerte de Sands, por lo tanto, otro preso dejó de comer y, cuando en mayo fallecieron los otros tres presos que habían iniciado la huelga en marzo, otros tres ocuparon sus puestos. Estos cuatro presos (Joe McDonnell, Kieran Doherty, Kevin Lynch y Martin Hurson) y los dos siguientes (Thomas McElwee y Michael Devine) murieron entre los meses de julio y agosto, lo que significa que, para mediados de agosto, habían fallecido un total de diez personas y, sin embargo, aparentemente seguían sin hacerse avances en la negociación con el Gobierno. Para el mes de septiembre, de nuevo con más presos en huelga en sustitución de quienes habían ido falleciendo, las familias de varios de ellos, que tenían derecho a intervenir y solicitar que los médicos les salvaran la vida una vez que perdían el conocimiento y entraban en coma, anunciaron su intención de ejercer ese derecho e impedir la muerte de sus seres queridos aunque eso supusiera la interrupción de la huelga, cosa que varias de las familias acabaron haciendo. (La película En el nombre del hijo, de los mismos guionistas que la mucho más conocida En el nombre del padre, refleja magistralmente la difícil situación de dos madres obligadas a escoger entre salvar la vida de sus hijos o dejarlos morir por una causa que no necesariamente comprendían ni compartían). Ante una situación que para entonces se había vuelto insostenible, la huelga acabó desconvocándose el día 3 de octubre. Ese mismo mes, el Gobierno británico concedió a los presos el derecho a no llevar el uniforme carcelario. A lo largo de los dos años siguientes, concedió prácticamente todas las demandas que habían hecho los reclusos; pese a que no se restableció oficialmente la «categoría especial», a todos los efectos volvían a tener el estatus de presos políticos.
Aparte de los efectos para los propios paramilitares encarcelados y, por supuesto, para el relato general sobre el conflicto y su carácter político, la huelga de hambre tuvo una consecuencia directa de enorme trascendencia para el futuro de la región. La elección de Bobby Sands como diputado (a la que en junio de 1981 siguió también la de otro de los presos en huelga de hambre, Kieran Doherty, en su caso al Parlamento irlandés) supuso el comienzo de la transición del republicanismo hacia la política electoral, una transición sin la cual el panorama político de Irlanda del Norte sería hoy muy distinto. A lo largo de la década de los ochenta, el partido Sinn Féin, con Gerry Adams en la presidencia, fue abandonando la postura abstencionista que había mantenido hasta entonces y comenzó a presentarse a las elecciones, defendiendo la vía política como un camino que también debía explorarse en la lucha por la causa nacionalista y como una opción que podría lograr un mayor apoyo al movimiento republicano del que el IRA había conseguido mediante la violencia. Nació así lo que se conoce como «la estrategia del fusil y la urna», la combinación de la vía violenta con la vía política, que definiría la línea de actuación del IRA y el Sinn Féin durante los quince años siguientes y que, en última instancia, abriría la puerta al final del conflicto y al proceso de paz. El impresionante avance político del Sinn Féin, que desde 2001 es el principal partido nacionalista de la región y que en la presente década ha sido la formación más votada en Irlanda del Norte en todas las elecciones celebradas (municipales, autonómicas y generales), merecería una carta aparte. Si en un futuro referéndum por la reunificación de Irlanda como el que defiende el Sinn Féin se acaba logrando en las urnas lo que no se logró con los fusiles, quizá se cumpla la frase que Bobby Sands escribió en su diario estando en prisión y que hoy adorna el que quizá sea el mural más famoso de todo Belfast: «Nuestra venganza será la risa de nuestros hijos».![]()
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El nivel | Seamus Heaney
(Trilce, 2000; trad. de Pura López Colomé)

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Hace unos meses, en una entrevista en un pódcast, me preguntaron si el nombre de esta newsletter es una referencia a la conocida obra del más conocido de los poetas del norte de Irlanda, el nobel Seamus Heaney (1939-2013). Creo que vine a decir —no voy a pasar por el trago de escucharme a mí misma para comprobarlo— que no era una referencia intencionada, pero que seguramente Heaney y su poemario estuvieran en mi subconsciente cuando estaba poniendo en marcha Wheeker Books y pensando en cómo llamar a la newsletter. La verdad es que Heaney casi siempre está en mi subconsciente y estaba deseando tener una excusa para recomendar algo suyo en NORTE. He escogido El nivel solamente porque uno de sus poemas, «Trayectoria de vuelo», contiene unos versos que están relacionados con el contenido de esta carta, pero en realidad no es más que eso, una excusa para recomendar leer a Heaney, cualquier cosa de Heaney (aquí tienes una lista de lo que hay traducido).
En este annus horribilis para cualquiera que haya prestado un poco de atención a las noticias, seguramente no haya habido ningún país europeo donde los escritores se hayan manifestado públicamente en contra de lo que está sucediendo en Gaza con más firmeza y persistencia que en Irlanda. Sin embargo, parece que hace unas décadas el nivel de compromiso e implicación de los artistas con el conflicto que estaba teniendo lugar en su propio territorio no siempre fue tan alto, o al menos no tanto como les habría gustado a algunos defensores de la causa nacionalista. «El nacionalismo es una hermosa flor, siempre que crezca en Israel, el Tíbet, Polonia y Lituania», reprochó un crítico literario. El propio Bobby Sands, en alguno de los poemas que escribió en la cárcel, criticó que algunos artistas no se pronunciaran lo suficiente y que guardaran silencio ante algunas de las terribles situaciones que estaban viviendo los presos republicanos.
En la época en la que estaban teniendo lugar los acontecimientos descritos en esta carta, Heaney estaba trabajando en el poemario que sin duda habría recomendado aquí si estuviera traducido al castellano, Station Island, publicado en 1984. No tanto por sus impactantes descripciones de episodios como la muerte de uno de los presos en huelga, sino por el examen de conciencia que hace el poeta a lo largo de toda la obra y por sus reflexiones acerca del papel del artista ante los conflictos, cargadas aquí de una profunda tensión entre el deseo de hablar de lo que estaba sucediendo y el de no convertirse en instrumento de una guerra propagandística de la que no quería formar parte. «“Perdona que haya vivido indiferente / perdona mi implicación tímida y circunspecta”, / me sorprendí diciendo», escribe al narrar un encuentro con una víctima del conflicto. «Detesto el lugar donde nací, detesto todo / lo que me ha hecho sumiso y reservado», afirma en un poema que describe el entierro de uno de los fallecidos en la huelga de hambre. Mientras esperamos a que alguien se anime a traducirlo, no dejes de acercarte a Station Island si puedes leerlo en inglés y te apetece empezar el año con un poco de poesía.
Durante un viaje en tren en 1979, en plena época de las protestas de los presos en las cárceles norirlandesas, Heaney vivió un encuentro que, mucho tiempo después, relataría en el poema que aquí recomiendo, «Trayectoria de vuelo», publicado por primera vez en 1992. Sin entrar en el hecho de que aquel episodio diera bastante que hablar en algunos círculos de Irlanda del Norte años más tarde, en parte por la fama de sus dos protagonistas y por sus versiones ligeramente diferentes de lo sucedido en aquel tren (¿a quién no le va a gustar un buen beef político-literario?), el poema es un buen resumen de la postura de Heaney en aquella época. Durante un trayecto de Dublín a Belfast en mayo de 1979 («las paredes de la cárcel todos esos meses embadurnadas de mierda», «los ojos de Ciaran Nugent, como algo salido del costroso infierno de Dante», dice el poema), el poeta fue abordado por Danny Morrison, el entonces director de relaciones públicas del Sinn Féin. Como ya había hecho y continuaría haciendo con otros personajes públicos, Morrison le preguntó si no se plantearía escribir algo acerca de la situación de los presos. «Entra, se sienta enfrente / y, sin rodeos, me dice: / “¿Cuándo cojones vas a escribir / algo para nosotros?”» es como lo describió Heaney en el poema. En el maravilloso libro de entrevistas de Seamus Heaney con Dennis O’Driscoll, Stepping Stones, él mismo reconoció haber pintado a su interlocutor más agresivo de lo que había sido en realidad, pero también afirmó que, para él, lo principal y más increíble del encuentro había sido que aquel representante del brazo político del IRA tuviera la osadía de pedirle que escribiera algo y que aquello sí que había aparecido fielmente reflejado en sus versos. Sus palabras en la conversación con O’Driscoll dejan ver su profundo rechazo a ser «reclutado» para la guerra propagandística y a «recibir órdenes» de los republicanos, hasta el punto de que la petición de Morrison acabó teniendo el efecto contrario del que perseguía: Heaney revela que por aquel entonces estaba trabajando en una traducción del episodio del conde Ugolino del Infierno de Dante y que había estado pensando en dedicársela a los presos, pero que aquella interacción acabó con cualquier deseo que pudiera haber albergado de tener un gesto de ese tipo. En «Trayectoria de vuelo», su conversación con Morrison en el tren termina así: «Si escribo algo, / sea lo que sea, lo escribiré por mí».
Te deseo un muy feliz año nuevo lleno de lecturas estimulantes. Y que el 2025 nos traiga un mundo con menos horrores sobre los que los poetas tengan que decidir si escribir o no.
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