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Domingo, 23 de agosto de 2026
Bout ye?
En 2014, una noticia procedente de Irlanda recorrió el mundo. Tras una prolija investigación, una historiadora aficionada de la localidad de Tuam, en el condado de Galway, había revelado que los restos mortales de 796 niños y bebés yacían en una fosa común en el terreno de un antiguo hogar para mujeres solteras embarazadas que había funcionado allí entre 1925 y 1961. Estos «hogares para madres y bebés» (mother and baby homes) eran instituciones a donde se enviaba a mujeres que se habían quedado embarazadas sin estar casadas y que existieron en toda la República de Irlanda desde el nacimiento del país hasta bien entrados los años noventa, normalmente gestionados por monjas católicas. Si bien no era la primera vez que se rompía el silencio que había rodeado a esas instituciones en el pasado, la magnitud del descubrimiento de Tuam hizo que aquella red de maltrato a las mujeres empezara a recibir la atención que durante décadas no se le había prestado. El Gobierno irlandés se vio obligado a crear una comisión de investigación, cuyo informe final sacó a la luz numerosos detalles, entre ellos las elevadísimas tasas de mortalidad infantil en las instituciones analizadas. El escándalo llevó a la adopción de una serie de medidas de reparación para las víctimas, entre ellas una disculpa formal del Gobierno irlandés y, más recientemente, la exhumación de los restos de la fosa de Tuam, que comenzó hace unos meses y continúa en el momento de escribir esta carta.
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Fosa común en el terreno del antiguo hogar para madres y bebés de las Hermanas del Buen Socorro en Tuam (condado de Galway). Fotografía: AugusteBlanqui, CC BY-SA 4.0
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Si bien este tipo de instituciones no fueron exclusivas de la República de Irlanda, en el imaginario colectivo se encuentran muy asociadas a ese país, en parte por el hecho de que allí pervivieron durante más tiempo que en otros países, pero, sobre todo, por la visibilidad que allí se les ha dado en este siglo (cosa que no ha ocurrido, al menos en igual medida, en otros lugares). Aún me acuerdo perfectamente de la primera vez que oí hablar del infame Patronato de Protección a la Mujer del franquismo, hace apenas unos años, y recuerdo que, junto a mi estupefacción por no haber sabido de su existencia hasta entonces, mi primera (e ingenua) reacción fue pensar: «Pero ¿esto no era una cosa de Irlanda?». Dado que más o menos por esa misma época estaba comenzando mi idilio con la región en la que se centra NORTE, mi siguiente pregunta no podía ser otra que: ¿e Irlanda del Norte? Que nunca hubiera oído hablar de hogares para madres y bebés al norte de la frontera ¿significaba que no habían existido, o simplemente que su existencia me había pasado tan desapercibida como la del Patronato en España? Que haya decidido mandarte una carta sobre este tema ya te da alguna pista de que algo hay que contar al respecto, claro. Y es que sí, por supuesto que habían existido. De hecho, entre 1922 y 1995, más de doce mil mujeres en Irlanda del Norte pasaron por esas instituciones. Repito: más de doce mil mujeres. Pese a ello, incluso en la propia Irlanda del Norte sigue habiendo mucha gente que desconoce esta trágica historia y que, como yo misma hace unos años, sigue asociando esas instituciones exclusivamente con la República. Y eso que la historia muchas veces se encuentra delante de nuestras narices.
Hace unos años, no lejos del barrio en el que vivía entonces en Belfast, en varias ocasiones pasé por delante de un edificio que me llamó la atención por su tamaño y su aspecto. Era de ladrillo rojo y, aunque se encontraba en buen estado, parecía abandonado. Por lo que indicaba un cartel junto a la verja, pertenecía a una orden religiosa católica, y varias veces, al pasar por delante, me dije que buscaría más información cuando llegara a casa. Revisando ahora mis archivos, veo que hasta le saqué una foto, pero lo cierto es que nunca llegué a buscar más detalles y, con el tiempo, dejé de frecuentar esa zona y me olvidé del tema. Hace unas semanas, mientras me documentaba para escribir esta carta, me llamó la atención la dirección postal de uno de los nueve hogares para madres y bebés que existieron en Irlanda del Norte, ya que reconocí el nombre de la calle y supe que tenía que estar cerca de aquella zona en la que había vivido hace años. Una búsqueda rápida en Google Maps reveló lo que jamás podría haberme imaginado las primeras veces que pasé por delante de ese edificio de ladrillo rojo: allí estuvo Marianville, uno de los siete hogares de este tipo que hubo en Belfast, que estuvo gestionado por las Hermanas del Buen Pastor y por el que pasaron más de dos mil mujeres entre 1950 y 1990.
A estas alturas quizá no debería sorprenderme, teniendo en cuenta que (cuando no estoy en Belfast) vivo en una Comunidad Autónoma cuyo Gobierno tiene su sede en un edificio en el que se torturó y por delante del que todos los días pasan miles de personas que no son conscientes de ello. Pero así son a veces los tristes caminos de la (des)memoria.
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Aspecto actual del convento en cuyas instalaciones se encontraba el antiguo hogar materno-filial de Marianville, en Belfast, que funcionó entre 1950 y 1990. Aunque se ha aprobado un proyecto de construcción de apartamentos, se teme que en el terreno pueda incluso haber enterrados restos humanos.
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En la década de 2010, la atención institucional y mediática que por fin estaban recibiendo los hogares materno-filiales en la República de Irlanda llevó a que grupos de víctimas y supervivientes del otro lado de la frontera empezaran a reclamar que también se investigaran estas instituciones en Irlanda del Norte, donde habían sido objeto de acusaciones similares sobre el trato recibido por las mujeres que pasaron por ellas, la coerción a la que fueron sometidas para ingresar o las irregularidades en las adopciones de algunos de los bebés que nacieron allí. Después de que estas iniciativas recibieran el respaldo de Amnistía Internacional y de que las Naciones Unidas instaran formalmente al Reino Unido a abordar la cuestión, en 2016 el Gobierno de Irlanda del Norte accedió a poner en marcha un proceso de indagación en lo sucedido en esas instituciones.
Aunque con la lentitud que caracteriza este tipo de procesos en cualquier lugar del mundo (y más aún en una región que no ha tenido Gobierno durante casi cinco de los últimos nueve años), desde entonces se han ido dando pasos hacia la verdad y la reparación. Tras una investigación preliminar llevada a cabo entre 2018 y 2020 por un equipo de académicos de dos universidades de Belfast, en 2021 el Ejecutivo estableció una comisión para que diseñara un «proceso de recuperación de la verdad», comisión que incluyó entre sus principales recomendaciones la realización de una investigación exhaustiva de lo sucedido en esas instituciones y la creación de un plan de reparaciones e indemnizaciones para las personas que pasaron por ellas. La investigación que se recomendó realizar debía constar de una primera fase llevada a cabo por un «comité independiente para el esclarecimiento de la verdad» (sin facultades legales) y una segunda fase que consistiría en una comisión de investigación oficial (con facultades legales y cuyo establecimiento requeriría de legislación específica).
El comité independiente, integrado por expertos en las áreas objeto de investigación y por representantes de las víctimas-supervivientes, se puso a trabajar en 2023 y comenzó a recabar evidencias por distintas vías. Junto con el informe de la investigación preliminar llevada a cabo por el equipo de académicos, el informe final del comité independiente, publicado hace apenas unas semanas (en julio de 2026), constituye la fuente más completa y detallada sobre estas instituciones, que se pueden considerar un elemento clave de eso que James M. Smith llamó la «arquitectura de contención» de Irlanda, el entramado de instituciones empleadas por el Estado y la Iglesia para controlar, castigar y ocultar a personas vulnerables durante gran parte de la historia de la isla.
¿Qué eran esos hogares para madres y bebés, y por qué existieron? El estigma social asociado a los embarazos fuera del matrimonio era ineludible en toda la isla en los siglos XIX y XX, cuando muchas mujeres en esas circunstancias tenían serias dificultades para encontrar trabajo, eran repudiadas por su familia o se enfrentaban a una vida de vergüenza y de censura por parte de su entorno. En toda la isla, antes de la independencia de Irlanda y la creación de Irlanda del Norte, muchas de las mujeres en esa situación terminaban en asilos para pobres, en los que recibían alojamiento a cambio de trabajar. Mientras que en la nueva República, a partir de 1922, la mayoría de esos asilos cerraron y se crearon otras instituciones para las mujeres solteras embarazadas, en Irlanda del Norte esos asilos siguieron siendo el destino de algunas de esas mujeres hasta finales de los años cuarenta. Sin embargo, también en el norte surgieron instituciones dedicadas exclusivamente a acoger a mujeres en esa situación, gestionadas casi siempre por organizaciones religiosas, tanto católicas como protestantes. Hay que señalar que Irlanda del Norte (donde el mismo estigma que había existido antes de la partición de la isla pervivió tras 1921, claro) tenía una tasa de nacimientos «ilegítimos» superior a la de la República, lo que se achaca a que, al tratarse de un importante centro industrial receptor de migración interna, sus ciudades atraían a grandes cantidades de jóvenes trabajadoras que, al vivir alejadas de sus redes familiares y del control de los padres, eran más susceptibles de quedarse embarazadas estando solteras. Pese a que las tasas de ilegitimidad descendieron a partir de los años cincuenta, el estigma continuó, lo que se aprecia en el hecho de que seis de los nueve hogares materno-filiales de Irlanda del Norte se crearon después de 1950.
Aunque no todas las mujeres que tenían hijos fuera del matrimonio acababan en esas instituciones —el porcentaje de niños nacidos de madres que habían ingresado en una de ellas nunca superó el 25 por ciento del total de nacimientos fuera del matrimonio—, recordemos que por ellas sí pasaron más de doce mil mujeres, de las cuales parece bastante probable que en torno a un tercio fueran menores de veinte años. Lo hacían cuando, ante un embarazo, el matrimonio no era una opción (tampoco lo era el aborto legal y seguro, desde luego), ya fuera porque no se conocía la identidad del padre, porque este ya estaba casado o se desentendía del tema, por la temprana edad de la madre o porque el embarazo había sido el resultado de una violación. La segregación entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte también supuso que, en algunos casos, el matrimonio fuera inviable porque las dos personas no pertenecían a la misma comunidad.
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Portadas del informe final de la investigación preliminar llevada a cabo por un equipo de académicos y del resumen del informe final del comité independiente para el esclarecimiento de la verdad sobre los hogares para madres y bebés (y las lavanderías de la Magdalena, otra pieza clave de este entramado de violencia contra las mujeres).
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Aunque las mujeres llegaban a estas instituciones por diversas vías y motivos (a veces por decisión propia, para evitar el rechazo social o la repudia de su familia), el principal factor era la presión familiar. Para que la afectada y su familia no quedaran «manchadas» para siempre por un embarazo «ilegítimo», una vez que este se volvía imposible de disimular la mujer era llevada a uno de estos hogares, donde permanecía hasta poco después de dar a luz. En muchos de los casos, sin embargo, también se dio la intervención directa de organizaciones religiosas, cuyos miembros derivaban a las mujeres a alguno de los hogares, asesoraban a las familias e incluso se encargaban de llevar personalmente a la embarazada a las instalaciones. Con respecto al papel del Estado, aunque serán necesarias más investigaciones para determinar con exactitud el alcance de su participación, su responsabilidad y sus fallos, está claro que no fue un mero observador. Si bien la mayoría de estas instituciones estaban gestionadas por organizaciones religiosas, los organismos públicos financiaban e inspeccionaban los hogares, participaban en los procesos de ingreso, asistencia, acogimiento y adopción, y disponían de información sobre muchas de las mujeres y niños que pasaron por esas instituciones.
En cuanto a las condiciones de vida en los hogares materno-filiales, a partir de los múltiples testimonios de mujeres que pasaron por ellos se ha podido determinar que, si bien algunas tuvieron experiencias relativamente positivas (y, en algunos casos, vieron la institución por la que pasaron como un refugio y un lugar en el que poder aislarse de su familia y del resto del mundo en un momento de dificultad), para la gran mayoría estas instituciones supusieron una experiencia de encierro y control, marcada por el estigma, la falta de autonomía y las deficiencias en la atención y los cuidados recibidos, lo que en algunos casos llegó a constituir graves vulneraciones de sus derechos fundamentales. Muchas describen un ambiente autoritario, crítico y, en algunos casos, hasta cruel, en el que se las hacía sentir vergüenza por haberse quedado embarazadas y donde, además, eran forzadas a realizar tareas como lavar ropa o limpiar, a menudo cuando ya se encontraban en avanzado estado de gestación. La preparación al parto era mínima o inexistente y, en la mayoría de los casos, las experiencias vividas durante el embarazo y el alumbramiento han dado origen a traumas y problemas de salud mental, especialmente en los casos que terminaron con la adopción de los niños a los que dieron a luz. Los testimonios también han destacado la vulnerabilidad de las mujeres, especialmente de las más jóvenes, y algunos han descrito comportamientos predatorios en los hogares por parte de personas que ocupaban una posición de poder (por ejemplo, religiosos especialmente interesados en comentar los detalles de las relaciones sexuales que habían mantenido las jóvenes) e incluso abusos sexuales a manos de al menos una de las monjas que trabajaban en uno de los hogares.
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Entre febrero y marzo de 2025, unos 850.000 hogares de Irlanda del Norte recibimos una copia de este folleto, en el que se invitaba a participar como testimoniante en el proceso de recuperación de la verdad a cualquier persona relacionada con los hogares materno-filiales de la región.
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La información sobre el destino de las madres una vez que abandonaban los hogares todavía es limitada, aunque sí se ha podido establecer que la mayoría de ellas regresaron a su domicilio anterior. De lo que sí existían algunos datos ya en 2021 era del destino de los recién nacidos. Según el informe de la investigación preliminar, solo en un 26 por ciento de los casos los recién nacidos se fueron de esos hogares con su madre; un 32 por ciento de los bebés fueron llevados a centros de acogida, un 23 por ciento fueron adoptados y un 15 por ciento quedaron al cuidado de una familia de acogida. Es en esta cuestión, la del destino de los bebés, en la que las cosas se vuelven todavía más turbias y las implicaciones para la salud mental a largo plazo de las víctimas son aún mayores. Uno de los puntos claves es la cuestión del consentimiento y hasta qué punto muchas de esas mujeres decidieron libremente entregar a sus hijos en adopción. Múltiples testimonios revelan las circunstancias traumáticas y de enorme presión en las que las mujeres tenían que tomar decisiones acerca de la adopción, y algunos llegan a mencionar graves irregularidades en la firma de los documentos de adopción y en la emisión de partidas de nacimiento. Los informes documentan numerosos casos de niños nacidos en hogares materno-filiales de Irlanda del Norte que fueron trasladados a centros de acogida en la República de Irlanda y que, desde allí, fueron adoptados, incluso por familias de ese país, de Gran Bretaña o de Estados Unidos. Aunque el marco jurídico que regulaba las adopciones en Irlanda del Norte es enormemente complejo (cambió cinco veces en el periodo objeto de investigación), y si bien la ley contemplaba las adopciones internacionales en algunos casos, se han identificado indicios claros de irregularidades en algunas de las adopciones y los movimientos transfronterizos de los menores, por lo que esta cuestión deberá seguir siendo investigada para determinar si nos encontramos ante adopciones ilegales.
«Yo no te entregué, te robaron. Te robaron en plena noche. Fui a buscarte por la mañana y no estabas en la cuna». Según un documental radiofónico de la BBC, esas fueron las primeras palabras que Terry Doran oyó pronunciar a su madre el día que la conoció, en septiembre de 2010. Terry, que entonces tenía 47 años, había sabido desde niño que era adoptado, pero hasta más de cuatro décadas después no había establecido contacto con su madre biológica, Alice McCausland. Primero por carta y después en persona, Alice le relató las circunstancias de su nacimiento: al quedarse embarazada, sus padres la habían enviado al hogar materno-filial de Marianvale, en la ciudad de Newry, y en diciembre de 1962 dio a luz a Terry en un hospital cercano. Le contó que ella nunca había firmado ningún documento en el que autorizara la adopción, pero que, cuando el bebé tenía tres meses, una mañana las monjas le comunicaron que se habían llevado a su hijo, que no iba a volver a verlo y que debía hacer la maleta y marcharse a casa. Alice consiguió localizar al bebé y trató de visitarlo en tres ocasiones en el centro de acogida al que lo habían trasladado, situado en el condado de Donegal, en la República de Irlanda. La primera vez no le dejaron verlo; la segunda, pagó dinero para que le permitieran cogerlo en brazos; la tercera vez, cuando había convencido a sus padres de que la dejaran volver a casa con el bebé, le dijeron que el niño ya no estaba allí. No volvió a ver a su hijo hasta ese reencuentro 47 años más tarde. Otras víctimas ni siquiera han tenido esa «suerte». Hay madres e hijos que no conocen los detalles de su historia o que no han podido dar con el paradero de la persona de la que los separaron hace décadas mediante procesos de adopción que también recuerdan a los horrores vividos en otras latitudes.
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Cartel de la obra de teatro The Marian Hotel (Sole Purpose Productions, 2024), escrita por Caitriona Cunningham a partir de su propia experiencia en el hogar materno-filial de Marianvale (Newry) en 1979. La productora de la obra también ha creado una exposición digital sobre estas instituciones y las mujeres que pasaron por ellas.
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Está claro que la labor realizada hasta ahora supone un paso importantísimo en el esclarecimiento de la verdad sobre estas instituciones, pero la otra parte del proceso de indagación (la comisión de investigación) será fundamental para cerrar las cuestiones que todavía permanecen abiertas: determinar con mayor precisión qué ocurrió en determinados casos, esclarecer las irregularidades en los procesos de adopción y los movimientos transfronterizos de menores, establecer qué sabían las autoridades y hasta qué punto fallaron los mecanismos de supervisión, y determinar las responsabilidades institucionales que puedan derivarse de todo ello. La comisión de investigación tendrá un mandato formal y unas competencias específicas que permitirán convertir los indicios hallados por el comité independiente en conclusiones oficiales, además de formular recomendaciones sobre medidas de reparación y garantías de no repetición. Hace apenas unas semanas ha concluido la tramitación parlamentaria de la ley que regula la creación tanto de la comisión de investigación como del plan de indemnizaciones para las personas afectadas, que prevé pagos de 12.000 libras a las mujeres que pasaron por estas instituciones y a los hijos a los que dieron a luz (o de 2.000 libras a sus familiares, en el caso de que las personas directamente afectadas hayan fallecido).
Pese a que esta legislación constituye un avance considerable y es motivo de celebración en muchos sentidos, es difícil (o imposible) que contente a todo el mundo y no cabe duda de que será insuficiente para cualquiera que espere verdad, justicia y reparación plenas. También habrá que esperar meses (¿años?) para que la nueva ley se traduzca en esa ansiada comisión de investigación y en medidas concretas como el pago de las indemnizaciones. Sin duda eso significa que, para muchas víctimas, todo esto llegará tardísimo, algo de lo que, desgraciadamente, sabemos mucho en todos esos lugares del mundo que descuidan sus procesos de memoria y justicia transicional. Sin embargo, hoy se está un paso más cerca de que nadie en el futuro pueda pasar por delante de ese edificio de ladrillo rojo en Belfast y no ser consciente siquiera de lo que sucedió allí y en otros lugares similares de la ciudad y del resto de la región. Lo mínimo que merecen esas doce mil mujeres es que las recordemos.
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Una mujer de Belfast | Mary Beckett
(Errata naturae, 2026; trad. de Regina López Muñoz)

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Una de las mejores noticias que me ha dado el mundo editorial este año es que la editorial Errata naturae esté rescatando algunas obras de autoras norirlandesas de hace décadas que nunca se habían traducido al castellano. Además de a Deirdre Madden, de la que seguro que te hablaré en alguna otra ocasión, ahora tenemos la oportunidad de disfrutar de la gran Mary Beckett, muy admirada en Irlanda pero casi totalmente desconocida en el mundo hispanohablante hasta hace muy poco.
A la espera de la novela Give Them Stones, cuya publicación en español también ha anunciado Errata naturae, hoy te recomiendo la lectura de su libro de relatos Una mujer de Belfast, publicado originalmente en 1980. Beckett nació en la capital norirlandesa en 1926 y empezó a publicar en revistas literarias de muy joven, pero su actividad literaria se interrumpió cuando se casó y tuvo cinco hijos, y no sería hasta pasados los cincuenta años cuando publicó su primer libro, esta magnífica colección con la que se hizo un hueco entre los grandes nombres del cuento irlandés. Si bien ella misma afirmó que su «silencio editorial» se había debido a su traslado a Dublín, donde no estaba segura de poder dar vida en la literatura a unas gentes y una lengua que no le resultaban tan familiares como las de su Belfast natal, resulta inevitable pensar que las exigencias de la maternidad para una mujer de clase obrera a mediados del siglo pasado tuvieron que ser un obstáculo para el desarrollo de su carrera literaria (me pregunto de cuántos escritores hombres se podría decir lo mismo, claro).
Las historias de las protagonistas de los relatos de Beckett, como las de las doce mil mujeres protagonistas de esta carta, son diversas y variadas, pero todas ellas reflejan la cotidianidad y la domesticidad de las mujeres norirlandesas de la época sobre la que he escrito, vistas a través de una mirada profundamente empática y siempre femenina. Son personajes que viven en un contexto marcado por las rígidas normas sociales impuestas a las mujeres, la cultura de la vergüenza y la preocupación por el qué dirán, lo cual se refleja muy bien en el hecho de que a menudo la narración se distancia de las acciones de las propias protagonistas para centrarse en cómo esas acciones son vistas o relatadas por su familia o su comunidad (el cuento «Ruth», en el que la protagonista ni siquiera llega a aparecer, es un buen ejemplo). Hay uno de los relatos, «Theresa», que se centra en un embarazo «ilegítimo» y sus consecuencias —y que te recomiendo especialmente por la sutilidad con la que refleja el miedo y la vergüenza interiorizados por la propia mujer aun cuando se encuentra con un entorno sorprendentemente tolerante—, pero lo que más me gusta de Una mujer de Belfast es que todo el libro, aun cuando aborda situaciones vitales que nada tienen que ver con las de las mujeres sobre las que he escrito en esta carta, refleja quizá mejor que ninguna otra obra de la época el contexto y las circunstancias en los que se produjeron los hechos de los que he estado hablando. Las instituciones para madres y bebés de la Irlanda del Norte del siglo pasado solo son un síntoma de una cultura patriarcal, conservadora y particularmente cruel con las mujeres que tuvo infinidad de manifestaciones, y Beckett nos pone delante algunas de ellas con gran perspicacia y sensibilidad. La suya es una mirada atípica y necesaria en el contexto literario dominado por hombres en el que se publicó la obra original, y Una mujer de Belfast ayuda a entender cómo es posible que ocurrieran algunas de las cosas que ocurrieron hace no mucho en edificios de esta y otras ciudades. Debería ser lectura obligatoria para los miembros de la comisión de investigación.