NORTE #2: Centenarios, fronteras y una raya roja con muy mala pinta

Domingo, 28 de enero de 2024

Bout ye?

No hace mucho que en Irlanda ha terminado la llamada Década de los Centenarios, un amplio programa de actividades y actos conmemorativos celebrados a lo largo y ancho de la isla para reflexionar sobre algunos de los acontecimientos históricos que posiblemente más han marcado la vida de sus habitantes a lo largo del último siglo, en concreto los ocurridos en el turbulento periodo entre 1912 y 1923. Tras los aniversarios de algunos acontecimientos que quizá resulten más conocidos (como el Levantamiento de Pascua de 1916 en Dublín, algunos sucesos de la Primera Guerra Mundial o determinados episodios del proceso de independencia de Irlanda), el centenario de unos hechos que quizá tienden a recibir algo menos de atención a nivel internacional ha tenido, por razones obvias, un protagonismo y una significación especiales en el norte de la isla. Hablamos de la llamada «partición» de Irlanda y del nacimiento de Irlanda del Norte, acaecidos en el año 1921. ¿Qué mejor, pues, que lanzar NORTE empezando por el principio? En esta entrega os cuento cómo nació eso que hoy llamamos (o no) Irlanda del Norte, el territorio que va a protagonizar todas y cada una de estas cartas, y os recomiendo una lectura que parece decirnos que quizá no haya mejor forma de contar algunas partes de su historia que recurriendo al surrealismo.

Se puede decir que el Úlster, la más septentrional de las cuatro provincias históricas irlandesas, tuvo un carácter algo diferente al del resto de Irlanda ya desde mucho antes de que la creación de una frontera dividiera la isla en dos. A raíz de la Plantación del Úlster, nombre con el que se conoce el proceso de colonización que llevó a miles de ingleses y escoceses protestantes a establecerse en tierras del norte de Irlanda en el siglo XVII (tierras que, a menudo, les fueron confiscadas a sus propietarios, irlandeses y católicos), el que había sido el territorio que más resistencia opuso al poder inglés tras la invasión anglonormanda del siglo XII acabó convirtiéndose, paradójicamente, en un bastión protestante y, en cierto modo, en la más «británica» de las provincias irlandesas. La importante industrialización de la ciudad de Belfast y sus alrededores en el siglo XIX también dio a esta región unos rasgos algo diferentes a los del resto de la isla (cuya economía estaba basada fundamentalmente en la agricultura), de tal forma que algo que aún no se había planteado como una posibilidad real, la partición física, sí existía ya hasta cierto punto en un plano psicológico.

Desde finales del siglo XIX, el movimiento nacionalista a favor del autogobierno («Home Rule») abogaba por una mayor autonomía para Irlanda dentro del Reino Unido y por la creación de un parlamento en Dublín que diera mayor voz a los irlandeses en sus asuntos internos, propuestas con las que cada vez más políticos británicos estaban de acuerdo. Los unionistas irlandeses (mayoritariamente, protestantes que temían quedar en minoría en un nuevo parlamento autonómico que estaría dominado por los católicos) rechazaban la idea del autogobierno y querían mantener intacta la unión con Gran Bretaña y el estatus de Irlanda dentro del Reino Unido, por lo que se opusieron a los distintos intentos de aprobar una ley de autogobierno llevados a cabo en el Parlamento británico entre las décadas de 1880 y 1910. Uno de estos intentos, el tercero, desembocó finalmente en la aprobación de una ley de autogobierno en 1914, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que esta legislación nunca llegara a tener efecto. Ya con la guerra finalizada, pero con una situación en Irlanda muy distinta a la de 1914, el Gobierno del primer ministro Lloyd George tuvo que volver a abordar la «cuestión irlandesa» atendiendo a las nuevas circunstancias: no solo había tenido lugar el Levantamiento de Pascua de 1916 contra el poder británico, sino que el partido nacionalista Sinn Féin, tras su victoria en las elecciones de 1918, había establecido un Parlamento irlandés —el Dáil Éireann— y declarado la independencia unilateralmente, lo que había desencadenado la guerra anglo-irlandesa de 1919-1921 (¿a que se va entendiendo lo de la Década de los Centenarios? Es un auténtico no parar lo de esos años). En 1919, el primer ministro nombró una comisión, presidida por el político unionista Walter Long, a la que se encomendó la planificación del autogobierno de Irlanda y cuyo trabajo acabaría dando origen a una nueva Ley para el Gobierno de Irlanda (o cuarta Ley de Autogobierno). Esta legislación, aprobada en 1920, proporcionaría el marco constitucional para la partición de Irlanda y la creación de Irlanda del Norte al año siguiente.

La idea de llevar a cabo una separación formal entre el norte y el sur de la isla no era nueva. Aunque en unos términos algo diferentes a los de años más tarde, ya había sido sugerida durante los debates sobre el anterior proyecto de ley de autogobierno, en 1912. La propuesta en aquel momento, presentada por el diputado del Partido Liberal Thomas Agar-Robartes con el argumento de que en Irlanda existían «dos naciones con distinto sentir, carácter, historia y religión», había sido que la ley de autogobierno no se aplicara en parte de la provincia del Úlster (concretamente, en cuatro de sus nueve condados) y que esa zona quedara fuera de la jurisdicción del nuevo parlamento autonómico que se planeaba crear en Dublín y continuara estando administrada por el Gobierno central de Londres. Para 1920, sin embargo, la propuesta de un tipo de partición diferente había ganado fuerza y lo que recomendó la Comisión Long fue la creación de dos territorios autogobernados, llamados «Irlanda del Norte» e «Irlanda del Sur», cada uno con su propio parlamento autonómico y ambos integrados en el Reino Unido.

Caricatura sobre la partición de Irlanda publicada en 1920 en la revista Punch. Lloyd George, conocido como «el mago galés», intenta hacer «un truco que nunca ha intentado antes» y espera que todo salga bien. Salió regular.

Una de las principales disputas en ese momento giró en torno a la cuestión de qué parte del territorio de la isla de Irlanda debía comprender Irlanda del Norte. Dicho de otra forma, ¿dónde debía situarse la frontera entre las dos jurisdicciones? Aunque la propuesta inicial de Long fue que Irlanda del Norte incorporara los nueve condados de la provincia del Úlster, esto suponía un problema para los unionistas del norte. Para asegurarse de poder mantener el control sobre esa nueva región autónoma, necesitaban que esta comprendiera un territorio con una clara mayoría protestante y unionista y con el menor número posible de católicos y nacionalistas, que supondrían una amenaza para la supervivencia y la estabilidad de una entidad política como la que querían construir. Esto parecía complicado si Irlanda del Norte acababa comprendiendo los nueve condados del Úlster, ya que tres de ellos (Cavan, Donegal y Monaghan) contaban con una población muy mayoritariamente católica. Los unionistas llegaron a la conclusión de que el territorio más grande que iban a poder controlar sería una Irlanda del Norte integrada por los seis condados (Fermanagh, Armagh, Tyrone, Londonderry, Antrim y Down) donde sí tendrían asegurada una mayoría protestante y unionista lo suficientemente amplia. Este es el motivo de que la frontera del territorio autónomo creado por la ley de autogobierno de 1920 no coincida con la de la provincia histórica y de que, si bien la comunidad unionista tradicionalmente ha utilizado «Úlster» como sinónimo de «Irlanda del Norte» (tendencia que, además, quedó reflejada en los nombres de entidades norirlandesas como la cadena de televisión Ulster Television o la antigua autoridad de transportes de la región, Ulster Transport Authority), nunca vayas a oír a una persona de ideología nacionalista hacer lo mismo. Durante un tiempo, por ejemplo, el periódico Derry Journal entrecomillaba «Úlster» siempre que no le quedaba más remedio que emplearlo con ese sentido, hasta el punto de escribir «‘U’TV» y «‘U’TA» con comillas cuando se refería por sus siglas a las dos entidades mencionadas. Todavía hoy, la denominación que los habitantes de la isla emplean para referirse a ese territorio («Irlanda del Norte», «Úlster», «la provincia», «el norte de Irlanda», «los seis condados», «los seis condados ocupados»…) es uno de esos signos que a menudo revelan algo acerca de la ideología del hablante.

El hecho de que algunos lugares en esta región tengan dos nombres, por cierto, uno utilizado por la comunidad unionista y otro por la nacionalista, también explica la existencia de dos reglas mnemotécnicas distintas para recordar los nombres de los seis condados de Irlanda del Norte: mientras que los unionistas piensan en un «chaval gordo» (FAT LAD), los nacionalistas se sirven de un «padre gordo» (FAT DAD). Los nombres de Fermanagh (F), Armagh (A), Tyrone (T), Antrim (A) y Down (D) son los mismos para protestantes y católicos, pero el condado del extremo noroeste de la región (y su ciudad más grande) recibe el nombre de Londonderry (L) entre los primeros y de Derry (D) entre los segundos.

Irlanda del Norte (en rosa) incluye solo seis de los nueve condados de la provincia histórica del Úlster. Los otros tres (en verde) pertenecen a la República de Irlanda, es decir, al «sur». Una curiosidad: el punto más septentrional de la isla, el cabo Malin, en la península de Inishowen (condado de Donegal), está en «el sur». Y una persona que, por ejemplo, viva en Fermanagh y veranee en Donegal, dirá que pasa las vacaciones «en el sur», aunque es evidente que para llegar allí tiene que viajar hacia el norte. Se equivocó la paloma, se equivocaba…

La frontera entre el norte y el sur acordada en ese momento, que muchos vieron como algo provisional y que aún tardaría un tiempo en tener un impacto real en la vida cotidiana de la población de la zona, seguramente no es la frontera que nadie con un poco de cabeza hubiese dibujado de haber sabido con certeza que iba a acabar siendo la frontera entre dos países (y, por si el embrollo no fuera ya suficientemente grande, también la frontera entre el Reino Unido y una cosa llamada «Unión Europea» tras un acontecimiento llamado «Brexit» en un lejanísimo 2016). Las fronteras de los condados, creados en los siglos XVI y XVII, a menudo seguían el curso de ríos, ríos que con el tiempo habían dado origen a asentamientos urbanos. Que la nueva frontera siguiera exactamente las fronteras de los condados supuso que la línea que acabó separando el norte del sur a veces atravesara pueblos y ciudades, fincas privadas e incluso casas particulares (por no hablar de que hizo que mucha población nacionalista y unionista quedara en el lado «que no le correspondía»). Esto dio lugar a situaciones que serían casi cómicas si no fuera porque sabemos lo trágica que ha sido la historia posterior de este territorio, tales como la de la casa situada en plena frontera, a caballo entre los condados de Cavan y Fermanagh, cuyos habitantes podían sentarse a cenar «con la silla en el sur y la mesa en el norte», o el de los cuatro protestantes a los que una asociación católica quería impedir votar en Irlanda del Norte en la década de 1930 porque, aunque la sala de estar y la cocina de su vivienda estaban en el norte, sus dormitorios se encontraba en el sur y, por lo tanto, «en el extranjero».

La casa de la familia Murray, atravesada por la frontera entre el norte y el sur de Irlanda. Fotografía publicada en 1949 en un panfleto del Gobierno irlandés titulado Ireland’s Right to Unity.

La Ley para el Gobierno de Irlanda, que originó la partición de la isla, fue aprobada en noviembre de 1920 y entró en vigor en mayo del año siguiente, tras lo cual se celebraron elecciones a los dos nuevos parlamentos (el de Irlanda del Sur, con sus veintiséis condados, y el de Irlanda del Norte, con sus seis). Como era de esperar, los resultados dieron abrumadoras mayorías a los nacionalistas en el sur y a los unionistas en el norte. La primera sesión del Parlamento de Irlanda del Norte se celebró el 7 de junio de 1921 en Belfast (concretamente en el ayuntamiento, ya que el edificio que hoy alberga el Parlamento no se inauguró hasta 1932) y de ella salió constituido el primer Gobierno de la nueva región autónoma, encabezado por el líder del Partido Unionista del Úlster, James Craig. Había nacido Irlanda del Norte. Otro aniversario más para la Década de los Centenarios.

El Parlamento de Irlanda del Norte, a las afueras de Belfast. Tras su suspensión entre 1972 y 1998 a causa del conflicto armado, el acuerdo de paz llevó al restablecimiento de la asamblea legislativa, pero los constantes bloqueos y crisis políticas han hecho que desde entonces el Parlamento solo haya funcionado durante aproximadamente el 60 por ciento del tiempo. Ahora mismo, Irlanda del Norte lleva sin Gobierno desde principios de 2022. El edificio del Parlamento está abierto al público y se organizan visitas guiadas (interesantísimas). No descartemos que en los últimos dos años lo haya pisado más veces yo que algunos diputados. (Fotografía de robertpaulyoung. Licencia: CC BY 2.0 DEED.)

Mientras la nueva autonomía iniciaba su andadura en el norte, el control británico sobre el sur de la isla se desmoronó por completo en los meses siguientes a la aprobación de la ley de autogobierno. Lo que algunos habían querido convertir en un territorio autogobernado que permaneciera integrado en el Reino Unido enseguida se escindió de este y pasó a ser un Estado independiente: de acuerdo con el Tratado Anglo-Irlandés de diciembre de 1921, que puso fin a la guerra de independencia, el sur de Irlanda abandonaría el Reino Unido en el plazo de un año. La independencia, efectivamente, llegó en diciembre de 1922, cuando se proclamó el nuevo Estado Libre Irlandés. ¿Y qué pasó con Irlanda del Norte? El tratado establecía que el Estado Libre tendría jurisdicción sobre los treinta y dos condados de la isla, pero daba la potestad a Irlanda del Norte de optar por la secesión y no quedar integrada en el nuevo Estado, sino en el Reino Unido, derecho que el Parlamento norirlandés ejerció sin demora. La frontera pasó a ser una frontera entre dos países, los primeros puestos aduaneros y controles fronterizos empezaron a instalarse en los meses siguientes y la realidad de la partición enseguida se volvió ineludible para los habitantes de ese complejo rincón del mundo.

Aún existía la posibilidad de redefinir esa frontera, sin embargo. El Tratado Anglo-Irlandés también estipulaba que, en el caso de que Irlanda del Norte decidiera mantenerse fuera del Estado Libre Irlandés, como efectivamente hizo, la frontera establecida en 1920 sería revisada por una Comisión Fronteriza que, «atendiendo a los deseos de los habitantes, siempre y cuando sean compatibles con las condiciones geográficas y económicas», determinaría dónde debían quedar los límites definitivos entre el territorio del Estado Libre y el de Irlanda del Norte. A causa del estallido de la guerra civil irlandesa de 1922-1923 (buen colofón para la Década de los Centenarios, ¿verdad?), esta comisión no se creó hasta finales de 1924. El Gobierno irlandés y la población nacionalista de las zonas fronterizas esperaban que el trabajo de la comisión diera lugar a una transferencia considerable de territorio del Reino Unido al Estado Libre Irlandés, ya que muchas de esas zonas que en 1921 habían quedado integradas en Irlanda del Norte tenían mayorías nacionalistas. Sin embargo, tras once meses de trabajo, durante los cuales los miembros de la comisión recorrieron la frontera y mantuvieron encuentros con representantes de la población de las zonas aledañas, los cambios que estimaron aconsejables acabaron siendo mínimos. Cuando, tras una filtración, en noviembre de 1925 un periódico inglés publicó mapas y fragmentos del informe de la comisión que mostraban cuáles iban a ser sus recomendaciones, se reveló que, en contra de las esperanzas de los nacionalistas, apenas se iban a proponer pequeñas modificaciones, algunas bastante favorables a Irlanda del Norte. Los Gobiernos del Estado Libre Irlandés, Irlanda del Norte y el Reino Unido decidieron no publicar el informe final (no saldría a la luz hasta 1969) y mantener el statu quo: un acuerdo entre los tres disolvió la Comisión Fronteriza y confirmó la frontera establecida en 1920. El asunto de la partición quedaba zanjado. O eso pensarían entonces.

Los miembros de la Comisión Fronteriza a su llegada a la primera sesión que celebraron en la isla de Irlanda, el 11 de diciembre de 1924 en Armagh. Los tres del centro, de izquierda a derecha, son el representante del Gobierno de Irlanda del Norte, Joseph R. Fisher; el representante del Gobierno británico y presidente de la Comisión, Richard Feetham, y el representante del Gobierno irlandés, Eoin MacNeill. Los acompañan dos secretarios.

Cualquiera que sepa un poco acerca de lo que vino después, especialmente en las últimas décadas del siglo XX, sabrá que la historia de esta frontera ni mucho menos termina entonces. Tampoco terminó en 1998, cuando la firma del acuerdo de paz que puso fin a treinta años de conflicto armado en Irlanda del Norte condujo a su progresiva transformación en una frontera completamente invisible, con los años convertida para muchos en un símbolo del éxito del proceso de paz. Tampoco terminó en 2016, cuando el resultado del referéndum sobre el Brexit despertó un auténtico torbellino de sentimientos entre aquellas personas para las que esa frontera es mucho más que una simple línea dibujada en un mapa e inauguró un periodo de incertidumbre sobre el futuro de la isla que, en cierta medida, continúa hasta hoy. No sabemos si en el año 2121 Irlanda estará celebrando la Década de los Bicentenarios, pero, si su segundo siglo de vida es tan agitado y tortuoso como lo ha sido el primero, quién sabe qué habrá sido para entonces de esa frontera y de eso que hoy llamamos (o no) Irlanda del Norte.

Mala pinta | Spike Milligan

(Blackie Books, 2018; trad. de Julia Osuna Aguilar)

Como ya te imaginarás, existen unas cuantas obras de ficción de autores norirlandeses (incluida una de las novelas que más he recomendado en los últimos años) en las que las zonas fronterizas —y la propia frontera— son un telón de fondo importante o incluso un elemento central de la trama. Sin embargo, además de que prácticamente ninguna de ellas está traducida y no querría empezar recomendándote un libro que quizá no puedas leer, he querido seleccionar una novela que estuviera directamente relacionada con la partición de Irlanda de hace algo más de un siglo y con la propia creación de esa frontera. Esto reducía considerablemente la cantidad de opciones disponibles y me ha llevado a decantarme, sin que sirva de precedente (o sí; las normas de NORTE son mucho más movibles que cualquier frontera) por una obra de un autor que no era originario del norte de Irlanda.

Spike Milligan nació en 1918 en la India, de padre irlandés y madre inglesa, y se trasladó con su familia a Inglaterra en la adolescencia. Allí residiría casi todo el resto de su vida y desarrollaría una prolífica carrera como humorista, actor y escritor que acabaría convirtiéndolo en una de las figuras más veneradas del humor británico del siglo XX. Está considerado por muchos el padre de la comedia británica moderna, y su trabajo en programas de radio y televisión como The Goon Show o Q ha inspirado a infinidad de cómicos dentro y fuera del mundo anglosajón. Si es cierto eso que dicen de que, por su influencia posterior, los Monty Python fueron a la comedia lo que los Beatles fueron a la música, entonces la contribución de Milligan a este arte por vía indirecta es inmensa, ya que seguramente sin él nunca habrían existido los Python, que siempre lo consideraron una inspiración y que hasta llegaron a describirlo como «un dios» (qué oportuno que le dieran un pequeño papel en La vida de Brian).

En 1960, tras un cambio en la legislación del Reino Unido sobre el acceso a la nacionalidad para los nacidos en la Commonwealth, Milligan solicitó el pasaporte británico al que estaba convencido de que tenía derecho (especialmente tras haber prestado servicio en el Ejército británico durante seis años), pero le fue denegado, en parte por su negativa a pronunciar el juramento de lealtad a la reina que se le exigía. Gracias al origen irlandés de su padre, pudo evitar convertirse en un apátrida adquiriendo la nacionalidad irlandesa, que conservaría hasta su fallecimiento en 2002. Quizá nadie mejor que él, testigo directo de la arbitrariedad de las decisiones de los Estados sobre las fronteras y las nacionalidades, para retratar el absurdo de algunas de las situaciones originadas por esas caprichosas líneas de las que tanto les gusta a muchos llenar los mapas.

Publicado por primera vez en 1963 (y, sorprendentemente, no traducido al castellano hasta 2018), Mala pinta es un relato satírico con tintes surrealistas de las consecuencias de la partición de Irlanda para los habitantes de una pequeña localidad ficticia llamada Puckoon. Corre el año 1924 y los miembros de la Comisión Fronteriza encargada de decidir por dónde va a pasar la línea que separará las dos Irlandas, reunidos en un hotel en torno a un gran mapa de la isla y con prisa por acabar antes de que cierren los pubs, deciden sujetar entre todos el lápiz rojo y trazar una línea, más o menos por donde caiga, y dar así por concluida tan solemne misión. El azar quiere que la raya pase por encima del pueblecito de Puckoon, lo que supone que, entre otras disparatadas consecuencias, el cementerio de la iglesia acabe con parte de sus tumbas en suelo extranjero (y con un puesto fronterizo en medio, en el que los muertos a punto de ser enterrados deben presentar un pasaporte y un visado), que el pub del pueblo termine con una punta del local situada en Irlanda del Norte (en la que se apiñan todos los clientes, ya que el alcohol allí es más barato) y que un conductor de autocar que acaba tendido justo encima de la frontera tras un accidente se enfrente a dos demandas por parte de los afectados por la colisión, una contra sus piernas y otra contra la mitad superior de su cuerpo.

La instalación del puesto aduanero y de las alambradas de la frontera desencadenará toda una serie de delirantes episodios protagonizados por un grupo de personajes a cuál más estrafalario encabezados por Dan Milligan, una suerte de bufón que, cuando no está sufriendo alguna desgracia por culpa de sus vecinos, los funcionarios de aduanas, la policía, el Ejército o el IRA, se dedica a romper la cuarta pared y mantener hilarantes conversaciones con el propio Autor. La novela, un tanto caótica y que a veces parece más una serie de sketches inconexos que un todo estructurado, te irá sacando sonrisas —o carcajadas, según tu sentido del humor— a cada página y, siempre que se sepan disculpar algunos detalles que no han envejecido nada bien, hará las delicias de los fans del slapstick y de eso tan admirado (pero tan difícil de definir) que suele denominarse «humor británico».

Bajo todo el cachondeo, eso sí, se encuentra una sátira política muy seria sobre unos hechos históricos que, directa o indirectamente, tuvieron consecuencias trágicas para mucha gente. Sin ánimo de estropearte la diversión, y aun a riesgo de que alguna de esas sonrisas se te congele en la cara y se transforme en una mueca de angustia e incomodidad, te animo a que leas Mala pinta sin perder de vista lo mucho que dice la novela sobre el impacto real de las decisiones tomadas por señores importantes en despachos oficiales y sobre muchos de los conflictos a los que hemos asistido a lo largo de la historia y seguimos asistiendo hoy en este mundo de fronteras, reales o imaginarias.

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