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Domingo, 25 de febrero de 2024
Bout ye?
El que durante más de mil años fue el idioma principal de comunicación de los irlandeses en su vida cotidiana, el irlandés o gaélico irlandés, tiene múltiples rasgos que hacen que despierte la fascinación de mucha gente en todo el mundo, empezando por el hecho de que posee una de las literaturas vernáculas más antiguas de Europa. Pertenece a la rama celta de la familia de lenguas indoeuropeas (como el gaélico escocés, el galés o el bretón), es la primera lengua oficial de la República de Irlanda —y, desde hace poco más de un año, lengua oficial también en Irlanda del Norte— y hoy en día es hablada, con mayor o menor fluidez, por algo más de dos millones de personas en la isla de Irlanda, aproximadamente el treinta por ciento de la población (de las cuales, eso sí, menos del cinco por ciento la hablan como primera lengua). Si, con la autoridad que me confieren mis 943 minutos de aprendizaje en Duolingo, te digo que, por ejemplo, para pronunciar un simple «gracias» en irlandés vas a tener que memorizar cuatro palabras (go raibh maith agat), que Dublín es nada menos que Baile Átha Cliath o que para un objetivo tan poco ambicioso como saber contar hasta diez no va a bastar con aprenderte diez palabras, pues en irlandés se usan números distintos para contar cosas y para contar personas, quizá no quieras saber nada de esta lengua ni de nada que tenga que ver con ella (o, como dirían en irlandés, no quieras acercarte «ni a ella ni a su cabra»). Si, en cambio, te cuento datos llamativos como que no tiene palabras para sí y no, que pertenece a ese pequeño grupo de lenguas (menos del diez por ciento del total) cuyo orden de palabras es verbo-sujeto-objeto —es decir, que «Ella lee libros» se dice «Lee ella libros»— o que, salvo en préstamos de otros idiomas, solo utiliza dieciocho letras del alfabeto latino, quizá logre al menos despertarte la curiosidad. En cualquier caso, te aviso de que este es prácticamente todo el irlandés que vas a aprender con la lectura de esta carta, de la que sí saldrás en cambio sabiendo un poco más sobre la historia (casi milagrosa) de esta lengua en Irlanda del Norte y, por supuesto, con una recomendación literaria. Empecemos con un poco de historia.

El alfabeto ogham, la primera forma escrita de la lengua irlandesa, data del siglo IV. Las piedras con este tipo de inscripciones que se han conservado son uno de los tesoros nacionales de Irlanda. (Fotografía: Robert Linsdell, CC BY 2.0.)
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Tras siglos de uso del irlandés por parte de los habitantes de la isla de Irlanda (incluidos los descendientes de los primeros colonizadores anglonormandos, que en época medieval adoptaron muchos aspectos de la cultura gaélica, entre ellos el idioma), los embates sufridos por la lengua autóctona durante el periodo de dominio británico que comenzó con la inclusión de la isla en el reino de Inglaterra en 1541 llevaron a su declive progresivo entre los siglos XVI y XIX. Conforme el inglés se fue convirtiendo en la lengua de la administración y el comercio, y a medida que en la sociedad se fue asentando la asociación del irlandés con el ámbito familiar y con una clase marginal de campesinos pobres, los miembros más prósperos de la comunidad gaélicoparlante (y cualquiera que aspirara a gozar de una mejor posición social, política o económica) fueron adoptando el inglés y dejando de transmitir a sus hijos el irlandés, que para finales del siglo XVIII ya utilizaba como única lengua menos de la mitad de la población.
Si para entonces la situación de la lengua ya era precaria, dos factores más la llevaron al borde de la extinción en el siglo XIX. La implantación en 1831 de las Escuelas Nacionales, un nuevo sistema educativo en el que la lengua de instrucción era exclusivamente el inglés, fue decisiva en el avance de la anglicanización de la isla y dejó tristes imágenes como la del bata scóir, la vara que los niños llevaban colgada del cuello y en la que el maestro o los padres iban haciendo muescas cada vez que hablaban irlandés, para después aplicarles el castigo adecuado según la cantidad de marcas que hubieran acumulado al final del día. El golpe definitivo, sin embargo, fue la Gran Hambruna de mediados del siglo XIX y la emigración masiva a la que dio lugar, fenómenos ambos que afectaron de forma desproporcionada a la población gaélicoparlante de la isla, concentrada mayoritariamente en las zonas que más sufrieron los efectos de estos hechos catastróficos. Para 1900, el número de hablantes de irlandés como lengua materna se había reducido a poco más de veinte mil personas; no exageran quienes afirman que es casi un milagro que lograra sobrevivir.
Un factor que sin duda contribuyó a su supervivencia fue el llamado renacimiento gaélico, un importante movimiento cultural que en la segunda mitad del siglo XIX reivindicó la tradición gaélica frente a la cultura dominante británica. Fue en este contexto en el que, en 1893, nació la Liga Gaélica, una organización para la promoción de la lengua irlandesa que consideraba que una parte fundamental del proceso de «desanglicanización de Irlanda» que defendía este movimiento era la protección del idioma. Diez años después de su fundación contaba con más de cincuenta mil miembros y cerca de seiscientas secciones locales repartidas por toda la isla.

Anuncio de la Liga Gaélica aparecido en la publicación Irisleabhar na Gaedhilge/Gaelic Journal en 1894.
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Si bien la Liga Gaélica no nació con una motivación política (su fundador, Douglas Hyde, afirmó que el idioma irlandés no era «ni católico ni protestante, ni unionista ni separatista»), fueron años en que la lengua, vista como un elemento central del concepto de nación, ocupó un lugar destacado dentro del movimiento nacionalista de oposición al dominio británico que empezaba a tomar fuerza por aquel entonces. Tras la independencia de Irlanda en 1922, el nuevo Gobierno asumió la responsabilidad de preservar y devolver a la esfera pública la lengua irlandesa, que convirtió en lengua oficial del nuevo Estado Libre Irlandés e hizo obligatoria tanto en la enseñanza primaria como para acceder a determinados empleos. Hasta qué punto y de qué manera estas y otras medidas de promoción lingüística adoptadas a lo largo del último siglo han incorporado la lengua irlandesa a la vida diaria de los habitantes de la República es un tema fascinante al que podríamos dedicar muchas páginas, pero tendremos que dejarlo para el día que esta newsletter se llame SUR. Es el momento de llevar la vista al norte.
Cualquiera que tenga conocimientos sobre lo distintas que fueron las trayectorias del norte y el sur de la isla a partir de la partición de Irlanda de 1921 (cuando el sur se convirtió en un nuevo Estado independiente mientras el norte permanecía integrado en el Reino Unido) podrá imaginarse que el estatus de la lengua irlandesa a lo largo del último siglo en Irlanda del Norte ha sido muy diferente del que ha tenido en la República. No ayudó que la frontera trazada en 1921 dejara la zona del norte de la isla donde más hablantes de irlandés había (Donegal) en el Estado Libre, lo que hizo que, en Irlanda del Norte, las Gaeltachtaí (plural de Gaeltacht, zonas gaélicoparlantes) se limitaran a pequeños reductos con una población muy minoritaria, aunque cabe imaginar que la actitud de los gobernantes norirlandeses no habría sido muy distinta si el número de hablantes hubiese sido mayor. Los sucesivos Gobiernos unionistas que ostentaron el poder entre 1921 y 1972 veían con recelo lo que consideraban la lengua del republicanismo irlandés y, en su intento de eliminar de la esfera pública las expresiones culturales asociadas a los nacionalistas católicos, ignoraron los derechos lingüísticos de la minoría gaélicoparlante y desincentivaron la presencia y el uso del irlandés en todos los ámbitos de la vida pública de la región, desde los medios de comunicación hasta la señalización en las calles, pasando por las relaciones con la Administración y, por supuesto, la educación. El jefe del Ejecutivo de Irlanda del Norte entre 1921 y 1940, James Craig, afirmó en los años treinta que enseñar esa lengua a los niños no tenía ninguna utilidad y que estos no serían «mejores ciudadanos» por aprenderla. Justificaba así los recortes de su Gobierno a la enseñanza del irlandés, que llevaron a que en los años cuarenta este ya no se estudiara en ningún centro público de la región.
Esta desatención a la lengua por parte de las instituciones públicas posiblemente esté detrás de la aparición de una actitud entre los norirlandeses interesados en mantenerla viva que seguramente no ha sido necesaria entre los habitantes del sur de la isla. Si querían que el irlandés no sufriera una muerte lenta y dolorosa en un territorio donde en tiempos había sido la lengua cotidiana de toda la población, sabían que no podían quedarse de brazos cruzados esperando un apoyo de las autoridades que probablemente jamás iba a llegar, por lo que no les quedó otra que desarrollar una mentalidad de «yes, we can» (o «is féidir linn», que diría un famoso descendiente de irlandeses unos cuantos años más tarde) y hacer ellos mismos lo que nadie más iba a hacer. Fue con esta actitud resolutiva con la que, en 1969, cinco jóvenes parejas de Belfast que se habían conocido a través de su interés en el irlandés pusieron en marcha uno de los proyectos más inspiradores de la historia de esta lengua en Irlanda del Norte. Movidos por su deseo de vivir en una comunidad en la que poder utilizar el irlandés a diario como lengua principal de comunicación, adquirieron un terreno en Shaw’s Road, en el oeste de la ciudad, y construyeron cinco casas que pronto serían conocidas como «las casas irlandesas» y que con el tiempo darían origen a una comunidad mayor. La construcción dos años más tarde de una escuela en la que sus hijos pudieran estudiar en irlandés fue clave para el éxito de esta nueva Gaeltacht urbana. Con una caseta prefabricada que compraron un viernes y que montaron durante el fin de semana, la primera Gaescoil (escuela que utiliza el irlandés como medio de instrucción) de Irlanda del Norte abrió sus puertas el lunes siguiente, en septiembre de 1971, con nueve alumnos matriculados. Los propios padres se encargaban del mantenimiento y la limpieza, así como de recaudar fondos para pagar el salario del personal docente, y la escuela enseguida se convirtió en un éxito y en un símbolo de resistencia contra la hostilidad de las instituciones públicas hacia la lengua. Pese a las cartas amenazadoras en las que les ordenaban que cerraran el centro, siguieron adelante con el proyecto y acabaron obteniendo el reconocimiento oficial de las autoridades educativas en 1984. Para entonces, la escuela tenía 162 alumnos matriculados (hoy tiene más de 400). A la creación de la escuela de primaria siguió la de un instituto de secundaria en 1991, Coláiste Feirste, entonces para 9 alumnos y hoy con unos 850 matriculados.

La escuela Bunscoil Phobal Feirste en 1971, construida y mantenida por las familias de las «casas irlandesas» de Shaw’s Road, en Belfast.
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El proyecto de estas familias solo es uno de los muchos ejemplos de activismo lingüístico en respuesta a la falta de apoyo público a la lengua en Irlanda del Norte y de cómo en esta región a menudo los avances se han conseguido más bien a pesar de los poderes públicos que gracias a ellos. Si pensamos en la situación actual de la enseñanza en lengua irlandesa (hoy hay treinta Gaelscoileanna en Irlanda del Norte, con cerca de diez mil alumnos matriculados), en el incremento del número de norirlandeses que tienen conocimientos de irlandés que ha tenido lugar en los últimos veinte años o en la presencia de la lengua en distintos ámbitos de la vida pública de la región, casi parecemos estar ante otro milagro que quienes vivieron las primeras décadas de historia de Irlanda del Norte seguramente no podrían ni haberse imaginado.
«Milagro» es también la palabra con la que Linda Ervine, otra activista lingüística que sin duda pasará a la historia de la defensa del irlandés en el norte, describe lo que ha sucedido en los poco más de diez años transcurridos desde que fundó Turas. A casi nadie que conozca la región podría habérsele pasado por la cabeza que una de las personas que más iba a hacer por la lengua irlandesa en el norte sería una mujer protestante y unionista que afirma que la primera vez que supo de la existencia de tal lengua tenía más de cuarenta años y que en 2012 decidió fundar una organización dedicada a la enseñanza y la promoción del irlandés en un barrio protestante de la ciudad de Belfast. Las clases, charlas y actividades de Turas han despertado el interés de centenares de personas y han logrado algo que muchos seguramente habrían creído imposible: interesar en el idioma irlandés a personas procedentes de entornos protestantes y unionistas en los que tradicionalmente el irlandés ha sido considerado la lengua del «otro».
Quienes conservan esa mentalidad sectaria (y no han faltado quienes la han demostrado con sus virulentas críticas a la labor de Turas), más propia de los tiempos del conflicto armado que de una sociedad interesada en derribar muros y liberar las expresiones culturales de su asociación con una u otra comunidad, rechazan una tradición cultural que es común a todos los norirlandeses y una lengua que existía antes de que en Irlanda hubiera siquiera católicos y protestantes, nacionalistas y unionistas, una lengua que pertenece a todos y no solo a las personas de determinada ideología o comunidad. También cierran los ojos a la historia y a un pasado en el que el norte de Irlanda, aun siendo la zona más protestante y unionista de la isla, desempeñó un papel protagonista en la defensa y la protección del irlandés. La Sociedad Gaélica del Úlster, considerada precursora de la Liga Gaélica, fue fundada por protestantes en 1830 para promover el uso del irlandés y preservar la literatura escrita en esa lengua. La propia Liga inauguró una sección en Belfast apenas dos años después de su fundación en Dublín, a la que seguirían varias más y cuyos miembros, entre los que se incluían muchos protestantes, desarrollaron una intensa actividad en el norte de la isla. Los nombres de muchas calles de los principales barrios protestantes de Belfast vienen del irlandés (empezando por la más famosa de todas, Shankill Road, que procede de seán chill, ‘iglesia vieja’); los apellidos de algunos unionistas que defienden a capa y espada su identidad exclusivamente británica vienen del irlandés; el propio inglés que hablan no sería el que es de no haber evolucionado en contacto con el irlandés. Por suerte son muchos quienes, como Ervine, han sido capaces de dejar atrás los prejuicios y abrazar esta herencia cultural común, como es el caso de los padres y madres que han matriculado a sus hijos en la primera Gaelscoil de un barrio protestante de Belfast, inaugurada en 2021 gracias al trabajo de Turas.

Cartel con el nombre de una calle de Belfast en inglés e irlandés. Desde 2022, cualquier residente en Belfast puede solicitar al Ayuntamiento la instalación de un cartel bilingüe en su calle. El Ayuntamiento está obligado a estudiar la propuesta si esta recibe el apoyo de al menos el quince por ciento de los vecinos de esa calle.
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El desprecio institucional a la lengua irlandesa que caracterizó las primeras décadas de la historia de Irlanda del Norte debería haber quedado bien enterrado en el pasado una vez iniciado el proceso de paz que puso fin a los años de conflicto y polarización extrema de la sociedad. Los acuerdos de paz firmados en 1998 y 2006 reconocieron «la importancia del respeto a la diversidad lingüística» y «el valor de la lengua irlandesa como parte de la riqueza cultural de la isla de Irlanda», y recogieron una serie de compromisos concretos del Gobierno británico para promover el uso del irlandés en distintos ámbitos de la vida pública de la región (lo que también estaba en consonancia con la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias que el Reino Unido ratificó en 2001 y que obligaba a este país a tomar medidas para proteger el irlandés). En ausencia de una legislación específica sobre este tema a nivel nacional o autonómico, sin embargo, tanto los instrumentos del derecho internacional como los acuerdos de paz demostraron ser bastante débiles a la hora de posibilitar una protección real de la lengua y de los derechos lingüísticos de la minoría gaélicoparlante de la región. Los Gobiernos del Reino Unido y de Irlanda del Norte han incumplido sistemáticamente las obligaciones adquiridas, y la ansiada y necesaria legislación sobre la lengua irlandesa ha tardado décadas en llegar.
Entre 2017 y 2020, durante uno de esos largos periodos de bloqueo institucional a los que tan acostumbrados nos tienen los políticos norirlandeses, uno de los principales escollos en las negociaciones entre los dos partidos que tenían que entenderse para restablecer el gobierno de coalición entre nacionalistas y unionistas (al que obliga el principio de poder compartido establecido por los acuerdos de paz) fue precisamente la cuestión lingüística. Los nacionalistas del Sinn Féin se negaban a formar gobierno si no se firmaba el compromiso de aprobar una ley sobre la lengua irlandesa, condición que los unionistas del DUP se negaban a aceptar. De esa época son las famosas declaraciones de la líder unionista, Arlene Foster, de que tendría el mismo sentido aprobar legislación para proteger el polaco que para proteger el irlandés (dado el número de hablantes de una y otra lengua en Irlanda del Norte) y de que no debían hacerse concesiones al Sinn Féin porque «si a un cocodrilo le das de comer, va a seguir volviendo a por comida». Aunque están lejos de ser las palabras más graves de la nutrida hemeroteca de declaraciones ofensivas contra el irlandés por parte de políticos del DUP (con todos ustedes, el diputado Gregory Campbell), no dejan duda de la actitud de una parte del unionismo hacia la cuestión lingüística. Las imágenes de activistas disfrazados de cocodrilos reivindicando una ley sobre la lengua irlandesa por las calles de Belfast o el «see you later, alligator» de Gerry Adams, eso sí, quedarán entre los grandes momentos de la comunicación política de los últimos años.
El acuerdo entre los dos partidos que finalmente permitió el restablecimiento del Gobierno en 2020 acabó incluyendo el compromiso de aprobar una legislación que otorgara estatus oficial al irlandés en Irlanda del Norte y que, entre otras medidas, permitiera su uso en los tribunales y en el Parlamento autonómico. En uno de esos giros de guion con los que la política norirlandesa siempre nos mantiene entretenidos, esa legislación acabaría siendo aprobada en diciembre de 2022, no por el Parlamento norirlandés (para entonces, otra vez suspendido tras una nueva ruptura de la coalición), sino por el británico, que, paradojas de la vida, en los momentos de parálisis institucional en Irlanda del Norte a veces tiene el detalle de tomar la batuta legislativa y aprobar leyes que los norirlandeses podrían estar toda la vida esperando a que aprobara su Parlamento autonómico.
Desde luego, una cosa es tener una ley aprobada y otra muy distinta empezar a ver medidas concretas y resultados reales, algo que todavía no está ocurriendo y que, en una región donde las crisis y bloqueos políticos tienen tendencia a dejar demasiadas cosas estancadas, no está ni mucho menos garantizado. Si los políticos no cumplen, eso sí, no cabe duda de que ahí estarán los activistas para velar por la supervivencia de una lengua que ha demostrado una y otra vez que no piensa desaparecer así como así.
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Traducciones | Brian Friel
(Publicaciones de la ADE, 2016; trad. de Mª Yolanda Fernández Suárez)

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He de confesar que me genera cierto conflicto que la recomendación de esta carta no sea de una obra escrita originariamente en lengua irlandesa. No es porque no haya ninguna firmada por un autor norirlandés y traducida al castellano (hay al menos una, del gran maestro de la sátira irlandesa moderna, nacido en lo que hoy es Irlanda del Norte), sino porque, además de que no se pueden desaprovechar las poquísimas oportunidades que hay de recomendar obras teatrales de autores del norte de Irlanda —las que hay publicadas en castellano se pueden contar con los dedos de una mano—, creo que no existe ninguna obra literaria que ilustre mejor algunos de los temas de esta carta que la maravillosa Traducciones, de Brian Friel. También me queda el consuelo de que la obra original en inglés no es una traducción del irlandés…, pero casi. Entre sus muchas virtudes está el agudo recurso de utilizar una sola lengua, el inglés, pero hacer creer al lector/espectador que parte de los personajes están hablando en irlandés. Que el público entre en este juego sin ninguna dificultad (y que no se extrañe cuando, por ejemplo, un personaje que lleva toda la obra hablando en inglés se lamenta de no saber inglés o cuando dos personajes en escena están hablando la misma lengua pero son incapaces de entenderse) es señal del ingenio de un autor de un talento excepcional.
Apodado por algunos «el Chéjov irlandés», Brian Friel (1929-2015) es una figura clave de la dramaturgia en lengua inglesa del siglo XX, conocido tanto por su escritura como por haber sido cofundador, junto al actor Stephen Rea, de la compañía teatral Field Day en 1980. La compañía, cuyo primer montaje fue precisamente el de Traducciones, fue creada en Derry en pleno conflicto norirlandés como respuesta cultural e intelectual a la crisis política, con la intención de crear un nuevo espacio de diálogo que cuestionara las ideologías dominantes y pudiera traer entendimiento y unidad a un territorio sumido en la violencia sectaria y la polarización.
Traducciones está ambientada en una comunidad rural gaélicoparlante de Donegal en 1833, en un momento de profunda transformación para Irlanda. Al pueblo de Baile Beag (Ballybeg), donde el maestro Hugh y su hijo Manus imparten clases —en irlandés— en una escuela independiente que pronto va a ser reemplazada por una de las nuevas Escuelas Nacionales, llega un grupo de soldados ingleses encargados de elaborar nuevos mapas de Irlanda. Para esta misión, el teniente Yolland cuenta con la ayuda del hermano de Manus, Owen, que regresa al pueblo tras varios años en Dublín, ahora contratado por los zapadores como traductor para acometer la tarea de sustituir todos los topónimos gaélicos de la zona por nombres en inglés. Mientras que Owen parece no tener ningún reparo en participar en esta operación de borrado del patrimonio lingüístico (y no solo lingüístico) de su lugar de origen, otros personajes mostrarán reacciones distintas a un proceso que va mucho más allá de la mera sustitución de unos nombres por otros y que supone la transformación de la identidad y la cultura de un pueblo. Cuando, en una de las mejores escenas de amor que nos ha dado el teatro desde Romeo y Julieta, el soldado inglés Yolland y la joven campesina irlandesa Máire, pese a no poder siquiera comunicarse con palabras, se atreven a traspasar las fronteras entre dos mundos que otros consideran irreconciliables, se desencadena una crisis que intuimos que solo puede terminar en tragedia.
Aunque puede hacerse una lectura muy anclada al momento concreto de la historia de Irlanda en que transcurre la acción o incluso al contexto en el que se escribió la obra, en pleno conflicto entre dos comunidades herederas de las representadas en ella, Friel afirmó que Traducciones trataba «única y exclusivamente sobre el lenguaje». Tanto los problemas de entendimiento y convivencia entre comunidades, representados a través de la metáfora de la traducción, como las cuestiones que plantea la obra acerca del lenguaje (lenguaje como memoria, como identidad, como instrumento de poder o de opresión, como lugar de encuentro y de desencuentro) son claramente universales y aplicables a distintos contextos. Prueba de ello han sido la repercusión de la obra a nivel internacional y las múltiples traducciones y adaptaciones que se han hecho de ella, a veces abordándola desde el prisma de la situación lingüística o política del contexto de recepción (como en la versión que giró por el País Vasco a finales de los años ochenta, en la que se utilizó el euskera para representar el irlandés de los habitantes de Baile Beag y el castellano para el inglés de los colonizadores).
Si no conocías esta obra, te envidio por tener la oportunidad de descubrirla por primera vez. Corre a hacerte con una copia y ve practicando ese go raibh maith agat; seguro que querrás darme las gracias.
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