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Martes, 2 de julio de 2024
Bout ye?
Aunque son ya unas cuantas las veces que he pasado en Belfast estos largos días y cortas noches del periodo inmediatamente posterior al solsticio, este es el primer año que paso las primeras semanas del verano en uno de los barrios de la ciudad en los que más visible resulta la llamada «temporada de desfiles» en la que vive inmersa Irlanda del Norte durante el periodo estival. Mientras escribo estas líneas, desde la calle me llega el sonido de una banda de música desfilando no lejos de aquí, con ese sonido de flautas y tambores tan característico de esta época del año en algunas zonas de la región. Si me asomo a la ventana, veo las banderas británicas que algunos vecinos han colocado en las fachadas de sus casas en las últimas semanas, la mayoría de las cuales permanecerán ahí al menos hasta el final del verano. Y casi a diario, cada vez que vuelvo caminando de algún sitio, me paso por el descampado donde la noche del 11 de julio se encenderá la hoguera del barrio y, cual jubilado delante de una obra, me detengo a observar cómo va su construcción, en la que participan vecinos de la zona que van añadiendo más y más palés de madera a lo que ya es una imponente torre, pero que todavía crecerá unos metros más durante los próximos días.
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Hoguera del 11 de julio en construcción, en la localidad de Newtownards en 2009. (Fotografía: Alfie, CC BY-SA 2.0)
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La «temporada de desfiles» es el nombre con el que en Irlanda del Norte se conoce el periodo, comprendido entre abril y septiembre, en el que la tradición centenaria de recorrer las calles de los pueblos y ciudades para conmemorar acontecimientos del pasado o como forma de expresión de determinadas identidades culturales o políticas se practica con mayor frecuencia que en cualquier otra época del año. Solamente esta semana, por ejemplo, según la página web de la Comisión de Desfiles (el organismo encargado de regular las marchas, cuya mera existencia ya da algunas pistas sobre el peso que tiene esta práctica cultural en la sociedad) hay programados más de trescientos desfiles en distintos puntos de la geografía norirlandesa, y una consulta rápida por rango de fechas en su buscador revela que son más de mil quinientos los que tendrán lugar a lo largo de la temporada.
Aunque hay distintos tipos de desfiles y no todos ellos son de naturaleza conmemorativa, los más conocidos y multitudinarios —como los que se celebran el 12 de julio, momento cumbre de la temporada y posiblemente el día más importante del año para muchos protestantes norirlandeses— sí son una celebración de las fechas en las que han tenido lugar episodios del pasado que, por unos motivos u otros, algunos miembros de la sociedad se esfuerzan por mantener vivos en el presente. Aunque este tipo de prácticas conmemorativas se dan en todo el mundo como parte de los procesos de construcción social de la memoria de los pueblos, tienen una presencia y una intensidad especiales en Irlanda del Norte, donde las dos comunidades que conviven en la región recurren con una frecuencia notable al pasado para reafirmar su identidad, a menudo empleando ese pasado como arma con la que librar las batallas culturales que (afortunadamente) han sustituido a otro tipo de batallas más sangrientas. Como dicen dos de mis citas preferidas sobre Irlanda (del politólogo Richard Rose y del historiador A. T. Q. Stewart, respectivamente), que resumen a la perfección por qué este lugar puede resultar tan fascinante para quienes tenemos interés por la memoria y la historia, «Irlanda es casi una tierra sin historia, porque los conflictos del pasado se reviven como eventos contemporáneos» y «para los irlandeses, toda la historia es historia aplicada; el pasado no es más que una cantera que proporciona munición con la que atacar a los enemigos del presente».
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Desfile orangista del Doce de Julio en la localidad de Armagh. (Fotografía: Dean Molyneaux, CC BY-SA 2.0)
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Aunque hay algunos desfiles de la comunidad católica, la temporada de desfiles se asocia claramente con los protestantes, que son quienes organizan y toman parte en la gran mayoría de las marchas que a cualquiera que conozca bien el norte de la isla le vienen a la cabeza al pensar en el verano en la región. Concretamente, quienes participan en gran parte de estos desfiles —y quienes nos han proporcionado la imagen que a muchos se nos dibuja en la mente al pensar en estos actos— son los llamados orangistas o miembros de la Orden de Orange.
La Orden de Orange —oficialmente, la Leal Institución de Orange—, que toma su nombre del rey Guillermo de Orange, es una organización fundada en el condado de Armagh en 1795 (durante una época de enfrentamientos sectarios entre católicos y protestantes) para defender el protestantismo en Irlanda. Según su propia página web, está integrada por personas comprometidas con «la protección de los principios de la Reforma protestante y la Revolución Gloriosa de 1688», como se conoce en el Reino Unido a los acontecimientos que llevaron al derrocamiento del rey católico Jacobo II y la subida al trono del protestante Guillermo de Orange, así como al asentamiento del principio de la soberanía parlamentaria y a la consolidación de la monarquía constitucional como forma de gobierno en las islas. La pertenencia a la Orden está limitada a hombres protestantes (las mujeres tienen su propia organización, surgida a finales del siglo XIX y mucho más pequeña), siempre y cuando no estén casados con personas católicas, y sus miembros, que hoy rondan los treinta mil pero que llegaron a ser más de noventa mil en la década de 1960, pertenecen a alguna de las más de mil logias orangistas que hay en Irlanda del Norte. Estas logias individuales, que se identifican con las siglas «LOL» seguidas de un número (significan «Loyal Orange Lodge», no es que en sus solemnes actos haya precisamente muchas carcajadas), tienen representantes en las logias de distrito, que a su vez están representadas en las logias de los condados y, siguiendo hacia arriba en la estructura piramidal de la organización, en la Gran Logia de Irlanda, encabezada por la figura del gran maestre. También existen logias orangistas fuera de Irlanda del Norte, y no solo en los lugares donde quizá esperarías encontrarlas (en otras partes del Reino Unido, en la República de Irlanda, en otros territorios de la Commonwealth o en Estados Unidos, por ejemplo), sino también en sitios tan insospechados como Egipto, Cuba o Filipinas, aunque sin duda en ninguno de estos lugares la Orden tiene la presencia en la esfera pública ni el poder que tiene y ha tenido en Irlanda del Norte.
Como organización que ha tenido un marcado carácter político desde su fundación, desde el siglo XIX la Orden ha estado profundamente asociada al unionismo, la ideología favorable a la pertenencia de Irlanda —o, una vez que la mayor parte de la isla se independizó, la de Irlanda del Norte— al Reino Unido, y se ha opuesto con firmeza al nacionalismo y el republicanismo irlandeses. A partir de la creación de Irlanda del Norte en 1921, el orangismo tuvo un poder considerable en el territorio y una enorme influencia dentro del unionismo político, como demuestra el hecho de que, entre 1921 y 1972, todos los primeros ministros de Irlanda del Norte fueran miembros de la Orden, al igual que la gran mayoría de los ministros de los sucesivos Gobiernos y prácticamente todos los diputados del parlamento norirlandés pertenecientes al Partido Unionista del Úlster, con el que la Orden mantuvo estrechos vínculos durante todo el siglo XX. Aunque en 2005 cortaron los lazos «oficiales» con esa formación política (que hoy en día ya no es el partido unionista mayoritario) y desde entonces no tienen una vinculación oficial a ningún partido concreto, ya entonces expresaron su intención de seguir trabajado en favor de la causa unionista, como efectivamente han hecho y siguen haciendo a día de hoy, cuando el segundo punto de la lista de «valores fundamentales» de la Orden que recoge su página web, solo por detrás de la «promoción de la fe protestante», es «el mantenimiento de la unión entre Gran Bretaña e Irlanda del Norte». En una carta enviada el mes pasado por el gran maestre a todas las logias de la región, la máxima autoridad de la Orden ha animado a toda la «familia orangista» (como denominan al conjunto de sus miembros) a votar por «el candidato unionista que prefieran» en las elecciones generales británicas que tendrán lugar el próximo jueves 4 de julio.

Editorial del número de junio de 2024 de The Orange Standard, el periódico oficial de la Orden de Orange, en el que se anima a los lectores a votar por uno de los candidatos unionistas de Irlanda del Norte en las próximas elecciones generales del Reino Unido.
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De todos los desfiles que llenan las calles de Irlanda del Norte en verano, principalmente de la Orden de Orange pero también de otras agrupaciones inspiradas en los mismos ideales (como los Apprentice Boys de Derry, la Royal Black Institution o la Royal Arch Purple Institution), ninguno tiene la magnitud ni la notoriedad que poseen los que se celebran durante el día grande de la temporada, el 12 de julio, fecha en que se conmemora la victoria de Guillermo de Orange en la batalla del Boyne de 1690.
Si piensas que las relaciones con tu familia son un poco tirantes o si tienes un yerno que no te cae muy allá, a partir de ahora puedes compararte con Jacobo II de Inglaterra e Irlanda y seguramente te parezca que no estás tan mal. Cuando Jacobo ascendió al trono en 1685 y empezó a hacer una política que favorecía a los católicos, un grupo de protestantes influyentes invitaron a su yerno (y sobrino), el holandés Guillermo de Orange, a invadir Inglaterra y convertirse en rey. Guillermo desembarcó en el sur de Inglaterra en 1688 y, con Jacobo exiliado en Francia, él y su mujer subieron al trono en abril del año siguiente como Guillermo III y María II. Sin embargo, Jacobo conservó un apoyo considerable en Irlanda, donde el virrey Richard Talbot, conde de Tyrconnell, empezó a formar un ejército de católicos que, con la ayuda de Francia, trataría de recuperar el trono para Jacobo. Sería en Irlanda, por lo tanto, donde tendría lugar la verdadera lucha militar por el trono, la llamada guerra guillermita, en la que los jacobitas comenzaron teniendo cierto éxito pero en la que pronto cambiarían las tornas. El rey Guillermo desembarcó en el norte de Irlanda el 14 de junio de 1690 con un ejército de ingleses, holandeses y daneses y, guiado por las hogueras que se dice que encendieron sus simpatizantes para señalarle el camino de noche (el origen de la tradición de encender hogueras en los barrios protestantes la noche del 11 de julio), llegó hasta Belfast, desde donde se dirigió hacia las inmediaciones del río Boyne, al norte de Dublín. Allí, unos días más tarde comandaría las tropas en una sangrienta batalla contra su rival católico, en la que participarían un total de más de sesenta mil soldados. Comparado con esto, una Nochebuena un poco tensa con ese yerno al que no tragas igual no es para tanto.
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Estatua de Guillermo de Orange delante del castillo de Carrickfergus, donde el rey desembarcó unos días antes de enfrentarse al rey depuesto Jacobo en la batalla del Boyne. (Fotografía: Eric Jones, CC BY-SA 2.0)
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La batalla del Boyne enfrentó a las tropas guillermistas y jacobitas cerca de la localidad de Drogheda en julio de 1690. La victoria de las primeras selló la caída de Jacobo (que pasaría el resto de su vida exiliado en Francia) y afianzó el dominio protestante sobre Irlanda, lo que determinaría absolutamente el curso de la historia de la isla en los siglos siguientes. Si nunca has estado en Irlanda del Norte, puede ser difícil entender el lugar que todavía hoy ocupa el año 1690 en el imaginario colectivo de la comunidad protestante y en el propio paisaje urbano de la región (donde las referencias a ese año en murales, grafitis, monumentos, etc. son innumerables). Quizá lo más ilustrativo que puedo decir es que la genial escena de Trainspotting 2 en la que Mark Renton y Sick Boy son capaces de adivinar el PIN de muchas de las tarjetas de crédito que han robado en una logia orangista no me parece hoy tan exagerada ni tan absurda como me pareció cuando vi la película y aún no había pasado el tiempo suficiente por estos lares.
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Referencias al año 1690 en murales de Irlanda del Norte. (Fotografías: Rossographer, Sonse, William Murphy, CC BY-SA 2.0)
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Un dato curioso es que, en realidad, la batalla del Boyne no tuvo lugar el día 12 de julio, sino el 1 de julio. (Es más, se dice que habría tenido lugar el 30 de junio de no haber sido porque el supersticioso Guillermo se oponía a hacer cualquier cosa importante en lunes). ¿Por qué, entonces, se celebra el «Glorioso Doce», y por qué muchísima gente —incluso aquella que lo celebra— piensa que es el día de la batalla del Boyne? Cuando en el siglo XVIII se empezó a conmemorar con desfiles la victoria protestante, al principio los más importantes se celebraban en la fecha en la que en 1691 había tenido lugar otro episodio de la guerra guillermita, la batalla de Aughrim, que se había librado el 12 de julio y había resultado decisiva para la victoria de Guillermo, mientras que las conmemoraciones de la victoria en el Boyne el 1 de julio eran algo menores. Con el tiempo, las dos fechas acabaron combinándose en una sola; primero, porque la sustitución del calendario juliano por el gregoriano en 1752 hizo que el 1 de julio en el antiguo sistema pasara a ser el 11 en el nuevo, y segundo, porque la Orden prefería conmemorar la batalla en la que había participado Guillermo en persona y en la que, además, los jacobitas habían sufrido una derrota mucho más aplastante que la de Aughrim.
Este 12 de julio, como todos los años, la región se llenará de hombres con trajes oscuros, bombines y unas características bandas naranjas en el pecho que, ante la mirada de un nutrido público —familiares, amigos, simpatizantes, curiosos—, desfilarán por las calles con sus banderas y estandartes, acompañados del sonido de las canciones tradicionales del repertorio protestante interpretadas por decenas de bandas musicales y entre un mar de banderas británicas y demás parafernalia unionista. En Belfast, el desfile partirá de la sede de la logia del condado, atravesará el centro de la capital de norte a sur y, tras una breve ceremonia en el memorial de los jardines del ayuntamiento a los soldados caídos en la Primera Guerra Mundial, continuará hasta un parque a las afueras de la ciudad, donde distintos dirigentes de la Orden pronunciarán discursos y sermones antes de volver a recorrer la misma ruta en sentido contrario (unos veinte kilómetros de caminata en total). Independientemente de la ideología o la religión de uno y de la simpatía o antipatía que le despierte aquello que representa la Orden, como experiencia cultural no tiene precio. Si alguna vez has tenido la suerte de ver a un guiri boquiabierto ante una procesión de Semana Santa en España, te puedes hacer una idea de mi cara la primera vez que viví un Doce de Julio en vivo.
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Uno de los instrumentos que se tocan en los desfiles es el enorme tambor conocido como lambeg, a menudo decorado con iconografía unionista. (Fotografía: Louise Price, CC BY-SA 2.0)
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En una recopilación de ensayos publicada en los años noventa que encontré hace unos días en una librería de segunda mano, titulada The Twelfth. What It Means to Me (El Doce de Julio. Lo que significa para mí), el autor de uno de los textos, el pastor presbiteriano Brian Kennaway, ofrece una buena descripción de todo aquello que para muchos representa el día grande del calendario orangista. «El Doce de Julio, yo y miles de personas más celebramos la victoria en la batalla del Boyne […]. Pero eso solo es el foco de una celebración cuya importancia va más allá del dato histórico de aquella batalla. Es una expresión de quién y qué soy», indica, antes de proceder a detallar los tres elementos que siente que está expresando al desfilar ese día: su identidad cultural, su fe religiosa y su ideología política.
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Estandartes utilizados en desfiles del Doce de Julio en Belfast
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En muchos de los ensayos del volumen son recurrentes las ideas de comunidad, pertenencia, raíces, orgullo, libertades civiles y religiosas y, muy especialmente, tradición, pero también se alude a las posturas de aquellos miembros de la sociedad cuyos sentimientos sobre ese día son muy distintos y que más bien recurren a términos como «triunfalista», «sectaria», «supremacista» o «beligerante» para describir la naturaleza de estos desfiles. En las décadas de control unionista de la sociedad norirlandesa que siguieron a la partición de Irlanda en 1921, para muchos católicos los desfiles orangistas eran una forma de «ponerlos en su sitio» y recordarles que eran minoría en un territorio controlado por los protestantes, un símbolo de la victoria del unionismo sobre el nacionalismo y una exaltación de un Estado que los trataba como ciudadanos de segunda. Con el estallido del conflicto armado a finales de los sesenta, las tensiones de la sociedad norirlandesa a menudo se trasladaron a este tipo de celebraciones, que se convirtieron en un foco de violencia en las décadas siguientes. Concretamente Drumcree, en la localidad de Portadown, donde en los años noventa se alcanzaron unos niveles de violencia extremadamente elevados por las disputas en torno a la ruta de los desfiles del 12 de julio, se convirtió en el epítome de las polémicas generadas por estas prácticas y de la división entre católicos y protestantes sobre esta y otras cuestiones. El deseo de los unionistas de atravesar zonas residenciales mayoritariamente católicas y nacionalistas durante sus desfiles, esgrimiendo el argumento de la «tradición», es visto por los nacionalistas como una provocación, y los intentos de que modifiquen sus rutas y no desfilen por determinados barrios son considerados por sus protagonistas una coartación de sus libertades de expresión y religión. Es cierto que en época de paz las cosas se han calmado y que, siendo la norirlandesa hoy una sociedad menos dividida y más tolerante, hoy en día el 12 de julio suele transcurrir sin incidentes, como también lo es que, sobre todo en las redes sociales, los pequeños episodios de tensión (como el incidente del cubo de basura de hace un par de años en Belfast o la pequeña refriega del año pasado en Ballycastle) suelen recibir mucha más atención que los incontables desfiles que transcurren de manera tranquila y pacífica, lo que quizá puede transmitir una idea equivocada del ambiente que actualmente se respira en la inmensa mayoría de las calles de la región ese y otros días de la temporada de desfiles. Como embajadora autoproclamada de Irlanda del Norte en España (y parte del extranjero) que soy, te animo a que, si no lo has hecho ya, visites la región para presenciarlo con tus propios ojos y espero que algún día tengas la oportunidad de vivir un verano norirlandés en todo su esplendor.
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Los incendiarios | Jan Carson
(Hoja de Lata, 2020; trad. de Clara Ministral)

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Si no puedes vivirlo en tus propias carnes, siempre puedes hacerlo a través de la literatura, y hoy te traigo el libro perfecto para transportarte a un verano (no del todo típico, eso sí) en la ciudad de Belfast: Los incendiarios, de Jan Carson, la novela sin la cual probablemente Wheeker Books jamás habría existido y ahora mismo no estarías leyendo estas palabras.
«En esta ciudad el verano siempre es una época de crispación. […] Lleva siendo así desde hace décadas. Pero este verano es diferente. Este verano acabará conociéndose como el Verano de los Fuegos Altos». Con estas palabras presenta el narrador el punto de partida de una originalísima novela que, entre otras muchas cosas, es un homenaje de esta autora de imaginación desbordante a la capital norirlandesa, una ciudad a la que parece decirle: «Cómo te quiero, Belfast, pero qué difícil me lo pones a veces».
En Los incendiarios, en el mes de junio de un verano de mediados de la década pasada, en toda la ciudad de Belfast empiezan a producirse incendios provocados que tienen a la población y a las autoridades desconcertadas. Todos ellos poseen una peculiar característica: se inician en lugares situados a una altura aproximada de diez metros, lo que lleva a que pronto se los bautice como «los Fuegos Altos». El extraño fenómeno resulta ser una protesta contra la decisión de las autoridades municipales de introducir una restricción sin precedentes y limitar la altura de las tradicionales hogueras del 11 de julio a diez metros, lo que es visto por la comunidad protestante como un ataque directo a sus tradiciones y a su libertad de expresar su cultura de la forma en que lleva siglos haciéndolo. «En esta zona de la ciudad siempre ha habido hogueras. No fogatas fortuitas como estas, sino hogueras tradicionales, limitadas a una sola noche del año. Cada mes de julio, durante la Noche del Once, la ciudad entera estalla en llamas y a continuación vuelve a apagarse […]. Esta costumbre tiene una explicación histórica. Algo que ver con cómo el rey Guillermo de Orange fue capaz de orientarse por una ciudad a oscuras gracias a las hogueras que le señalaron el camino. Algo que ver con preparar a la gente para las marchas orangistas del Doce de Julio. Casi nadie recuerda la historia en detalle, pero el recuerdo del fuego es difícil de olvidar. No son hogueras como las que se podría imaginar alguien de fuera […]. Estas son montañas de madera ardiente que tardan dos meses o más en construirse» es solo una de las muchas descripciones incluidas en la novela que te trasladarán al ambiente que he tratado de transmitir en la primera parte de esta carta y que sirve de telón de fondo a una impactante historia sobre la paternidad, la violencia y la herencia del pasado narrada a través del realismo mágico que caracteriza casi toda la producción literaria de Carson.
Detrás de la protesta de los Fuegos Altos se encuentra una persona anónima que se hace llamar «el Incendiario» y que, encapuchado y con la cara tapada con una máscara de Guy Fawkes, aparece en vídeos difundidos por internet en los que instiga a la población a «defender sus derechos» mediante métodos más propios del pasado de violencia que de una sociedad en vías de resolución del conflicto. En el contexto de la Irlanda del Norte contemporánea que refleja el libro, en el que a veces todavía parece que no podemos hablar de paz a secas, sino que siempre hay que añadir un calificativo que matice el concepto («paz frágil», «paz precaria»), no son necesarios demasiados argumentos para hacer que muchos jóvenes, que en la novela son una masa más o menos anónima pero en quienes es fácil reconocer a una generación desencantada en busca de una válvula de escape para sus frustraciones, se echen a la calle a causar estragos y dejen la ciudad sumida en el caos. Pero ¿qué sucede una vez que termina el verano? ¿El descenso hacia la violencia es imparable o aún puede volver todo a la normalidad?
Para saber si después de la tormenta llega la calma y si sobre los impulsos violentos heredados del pasado se impone el deseo de seguir construyendo una paz sin calificativos, tendrás que leer la novela. Y si quieres una experiencia de lectura más o menos inmersiva en la que poder leer el libro justo en las fechas del año en que transcurre la acción, mi recomendación (y la de la autora) es que lo empieces tal que ya. Espero que tengas aire acondicionado.