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Domingo, 1 de septiembre de 2024
Bout ye?
Hoy comenzaré con unos cuantos datos con los que alegrarte esta tarde de domingo. Desde este año, el Ayuntamiento de Belfast tiene al frente al primer alcalde abiertamente gay de su historia y el Gobierno autonómico de Irlanda del Norte cuenta por primera vez con un político abiertamente gay entre sus ministros. El pasado julio, decenas de miles de personas asistieron al desfile del Orgullo en Belfast y varios millares más participaron en otros actos de celebración y reivindicación en distintos puntos de la región. Más de mil parejas del mismo sexo se han dado el «sí, quiero» desde la legalización del matrimonio igualitario en Irlanda del Norte en 2020. Y la mayor estrella internacional salida de ese rincón del norte de Irlanda quizá ya no sea un señor negacionista del covid que lanza soflamas antivacunas desde los escenarios, sino la adorada Blu Hydrangea, ganadora de la primera temporada de RuPaul’s Drag Race: UK vs the World. Si a muchos nos hubieran dicho hace no demasiado que un día una drag queen norirlandesa haría su primera aparición en un programa de máxima audiencia en la televisión nacional con un traje inspirado en las icónicas grúas de los astilleros de Belfast, seguramente nos lo habríamos tomado a broma.
Sé que estos y otros hitos pueden no parecer gran cosa vistos desde otras partes de Europa —e incluso desde el resto del Reino Unido—, pero si los ponemos en contexto y pensamos en cómo eran las cosas en Irlanda del Norte para las personas LGTBIQ+ hace no tanto (y en cómo siguen siéndolo en muchos sentidos), estamos hablando de acontecimientos casi revolucionarios. Si, tras su creación en 1921, Irlanda del Norte fue durante décadas «una casa fría para los católicos», como reza una de las citas más conocidas y repetidas sobre la discriminación sufrida por una parte de la población de la región, las personas LGTBIQ+ directamente debían de tener la sensación de vivir en una cámara criogénica. Ya no es solo que hace apenas cinco años las parejas del mismo sexo no pudieran casarse. Es que, hace poco más de cuarenta, en Irlanda del Norte un hombre podía ir a la cárcel por ser gay.
La persecución de la homosexualidad masculina en Gran Bretaña e Irlanda, que había estado penada desde que ya en tiempos de Enrique VIII se aprobara la primera ley contra la sodomía, se intensificó considerablemente a partir del siglo XIX. Concretamente, en el transcurso de una reforma del código penal llevada a cabo por el Parlamento británico en 1885, el diputado Henry Labouchere propuso una enmienda para que cualquier conducta homosexual entre hombres (no solamente el sexo anal, como hasta entonces) pasara a ser un delito castigado con penas de prisión. La conocida como «Enmienda Labouchere», que acabó convertida en el artículo 11 de la ley de reforma del código penal de 1885, castigaba los actos de «indecencia grave» entre hombres y, dado que el término no aparecía definido en la ley y quedaba abierto a la interpretación de los jueces, esto permitió que en las décadas siguientes pudiera penarse prácticamente cualquier conducta homosexual entre hombres. De entre los muchísimos afectados por esta enmienda (que acabaría siendo conocida como «el estatuto de los chantajistas», ya que permitía extorsionar a hombres de estatus social elevado con la amenaza de una denuncia a la policía y el consiguiente escándalo público), uno de los más conocidos fue precisamente un irlandés, Oscar Wilde, condenado en 1895 a dos años de prisión y a trabajos forzados por lo que él mismo describió célebremente como «el amor que no se atreve a decir su nombre». Menos conocido es el hecho de que Edward Carson, el hombre al que se considera «el padre fundador de Irlanda del Norte» y cuya imponente estatua recibe todavía hoy a todo el que visita el edificio del Parlamento en Belfast, fue el principal responsable de que Wilde acabara en la cárcel por su orientación sexual.
La vigencia de esa ley a lo largo de las décadas siguientes condenó a los hombres homosexuales de todo el Reino Unido a una vida de clandestinidad, miedo y aislamiento social que resulta casi inimaginable desde el contexto actual. La homosexualidad femenina, mientras tanto, no estaba criminalizada, y el único intento que se hizo en el Parlamento de modificar la ley para que los actos de «indecencia grave» entre mujeres también fueran punibles, en 1921, no fructificó (parece que, atención, por el miedo de algunos políticos a que aquello sirviera para dar visibilidad al lesbianismo y sembrar ideas en la cabeza de mujeres que, de no ser por esa publicidad, no serían conscientes de que dos mujeres podían mantener relaciones sexuales).
En el ambiente opresivo de la Guerra Fría y mientras el macartismo en Estados Unidos incorporaba la persecución de la comunidad LGTBIQ+ a su lucha anticomunista, también en el Reino Unido aumentó la represión y la intolerancia hacia la homosexualidad masculina. Tras una serie de sonados juicios a hombres prominentes de la sociedad británica, en 1953 el Gobierno del momento instituyó una comisión, presidida por John Wolfenden, para estudiar los efectos que estaba teniendo la ley en la sociedad y estudiar posibles cambios legislativos. En el informe resultante, la Comisión Wolfenden concluyó que «las conductas homosexuales entre adultos deberían dejar de ser delito» y que la función de la ley no era «intervenir en la vida privada de los ciudadanos ni tratar de imponer unas pautas de comportamiento determinadas». Aunque tuvo que pasar una década desde la publicación del informe final de la comisión, sus recomendaciones acabaron llevando a la aprobación de la Ley de Delitos Sexuales de 1967, que despenalizó los actos homosexuales entre hombres mayores de 21 años.

El Informe Wolfenden (Informe de la Comisión sobre Delitos de Homosexualidad y Prostitución), publicado el 4 de septiembre de 1957
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Si esta no fuera una newsletter dedicada a Irlanda del Norte, llegados a este punto pasaría a celebrar ese importante hito y lo que supuso para la comunidad LGTBIQ+ del Reino Unido. Sin embargo, estamos hablando de esa región tan peculiar del país, así que me temo que la celebración va a tener que esperar, ya que la ley de 1967 solo era aplicable en Inglaterra y Gales y no se amplió automáticamente a Irlanda del Norte (ni a Escocia), donde siguió vigente la legislación del siglo XIX, incluida la famosa Enmienda Labouchere. Aún tendrían que pasar unos cuantos años para que la legislación en Irlanda del Norte se equiparara a la del resto del país.
Desde principios de los años setenta, las organizaciones en pro de los derechos de las personas LGTBIQ+ que habían empezado a surgir en Irlanda del Norte en esa década (como la Gay Liberation Society de la Universidad de Queen’s o la Northern Ireland Gay Rights Association) inicialmente centraron casi todos sus esfuerzos en la cuestión de la despenalización. Ningún partido político norirlandés en la época defendía la ampliación de la ley británica de 1967 a Irlanda del Norte, una región más conservadora y religiosa que el resto del país, por lo que la de estos activistas fue una lucha especialmente ardua en la que no tenían muchas puertas a las que llamar. Por una vez, sin embargo, el conflicto armado en el que en ese momento estaba sumida la región tuvo algo positivo: como la actividad del Parlamento autonómico se encontraba suspendida e Irlanda del Norte estaba siendo administrada desde Westminster, los activistas LGTBIQ+ pudieron pasar por encima de los partidos norirlandeses, hostiles a su causa, y apelar directamente al departamento ministerial del Ejecutivo británico encargado de gobernar la región, lo que les permitió albergar mayores esperanzas de lograr su objetivo. En 1976, el secretario de Estado para Irlanda del Norte anunció que se estudiarían posibles reformas legislativas y, dos años más tarde, el Gobierno central hizo pública una propuesta de legislación que habría supuesto la equiparación de la situación en Irlanda del Norte a la de Inglaterra y Gales. La respuesta obtenida a la consulta pública que se realizó a continuación y las reacciones expresadas en los medios demostraron la existencia de una división considerable entre la población norirlandesa, aunque las voces de los detractores claramente sonaron con más fuerza que las de quienes defendían terminar con aquella legislación discriminatoria. En pleno conflicto armado y en una época de profunda división entre católicos y protestantes, tristemente los líderes religiosos de uno y otro lado sí estuvieron de acuerdo en esta cuestión y, con una actitud que habían sido incapaces de adoptar en otros ámbitos, sí supieron tender puentes cuando se trató de dar rienda suelta a su homofobia y mostrar su rechazo a la reforma de la ley.

«Por fin… una Irlanda unida». Viñeta satírica en la que aparecen representados Ian Paisley (cabeza de la Iglesia Libre Presbiteriana del Úlster) y Tomás Ó Fiaich (líder de la Iglesia católica en Irlanda) dándose la mano, unidos por su oposición a la despenalización de la homosexualidad. El ataúd y el texto central dan a entender que las posturas de estos líderes religiosos harían aumentar los suicidios de personas LGTBIQ+ en Irlanda.
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De entre todos aquellos que se opusieron a la despenalización, nadie hizo una campaña tan estridente como el Partido Democrático del Úlster (DUP, por sus siglas en inglés), con su líder y fundador, el vociferante pastor protestante Ian Paisley, a la cabeza. Apelando a la autoridad moral que le daban al partido sus vínculos con la Iglesia Libre Presbiteriana del Úlster (fundada por el propio Paisley dos décadas antes) y combinando la retórica religiosa con la política, llevaron a cabo una campaña, bajo el lema «Salvemos al Úlster de la sodomía», que ha pasado a la historia como una de las mayores manifestaciones públicas de homofobia jamás vistas en Europa occidental. A través de anuncios en periódicos, panfletos, manifestaciones y discursos que básicamente presentaban la homosexualidad como una amenaza al orden social y a los pilares básicos de la identidad norirlandesa (la fe y la familia), la campaña logró que setenta mil personas —el 5 por ciento de la población de Irlanda del Norte de entonces— firmaran una petición en contra de la despenalización, petición que presentaron en el Parlamento para tratar de frenar la reforma legislativa.
Hay quien sostiene que la cruzada del DUP contra la homosexualidad en los años setenta fue una estrategia de distracción utilizada para ocultar otros problemas que en ese momento afectaban al partido, que estaba perdiendo terreno en la arena política y social y al que venía bien la atención de los medios de comunicación por motivos que no fueran sus propias crisis y divisiones internas. A cualquiera que conozca la postura del DUP sobre los derechos de las personas LGTBIQ+ hasta el día de hoy o que haya oído las infames declaraciones de múltiples políticos del partido sobre la homosexualidad a lo largo de las décadas (digamos que, a su lado, Hazte Oír parecen una panda de progres woke) le costará creer que su campaña de los años setenta fuera otra cosa que una expresión genuina de sus ideales y valores centrales. Quizá lo único bueno que ha traído todo esto fue una ópera, estrenada en 2019, cuyo libreto está basado en declaraciones textuales de políticos del DUP sobre la homosexualidad y el matrimonio entre personas del mismo sexo: hay pocos actos de resistencia más hermosos que transformar el odio en arte.

Cartel de la obra A Queer Céilí at the Marty Forsythe (2019), del dramaturgo Dominic Montague, que transcurre durante la celebración en Belfast en 1983 de un Congreso de Gays y Lesbianas de la Asociación Nacional de Estudiantes del Reino Unido. Ante las manifestaciones de protesta organizadas por los seguidores de Paisley y compañía, los activistas LGTBIQ+ respondieron dando la vuelta al famoso lema de la campaña homófoba y proclamando «Salvemos a la sodomía del Úlster».
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Desgraciadamente, esta y otras campañas surtieron efecto y, en 1979, el secretario de Estado para Irlanda del Norte anunció que el Gobierno británico no iba a seguir adelante con sus intentos de introducir la reforma legislativa: la ley que prohibía la homosexualidad permanecería en vigor en Irlanda del Norte. Aunque se aseguró públicamente que no se imputaría a más hombres por aquellos delitos, durante años muchos hombres fueron víctimas del acoso constante de una policía profundamente homófoba que, con la excusa de detenerlos por otras infracciones, en realidad se dedicaba a perseguir la homosexualidad. Fue precisamente la detención de un hombre en estas circunstancias la que, gracias a un curioso giro de los acontecimientos, acabaría conduciendo a la despenalización de la homosexualidad en Irlanda del Norte.
En una serie de redadas llevadas a cabo por la policía en 1976 en las viviendas de activistas gays con el pretexto de buscar drogas, uno de los detenidos fue el secretario de la Northern Ireland Gay Rights Association, un hombre de treinta años llamado Jeffrey Dudgeon. Durante el registro de su vivienda, la policía encontró marihuana, pero también confiscó cartas y diarios en los que describía actos homosexuales. Dudgeon fue interrogado en comisaría durante cuatro horas y media, le hicieron firmar una declaración sobre sus «actividades homosexuales» y la policía remitió los resultados de su investigación a la fiscalía para que pudiera ser procesado por un delito de «indecencia grave». Al año siguiente, le informaron de que no iba a ser imputado y le devolvieron sus cartas y diarios, aunque llenos de anotaciones de la policía. Para entonces, sin embargo, el activista y su asociación habían decidido llevar su caso a una instancia superior: en 1976, Dudgeon presentó una demanda contra el Reino Unido ante la Comisión Europea de Derechos Humanos, alegando que la legislación en Irlanda del Norte contravenía el artículo 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que consigna el «derecho al respeto a la vida privada». De nuevo las cosas llevaron su tiempo, pero, en octubre de 1981, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acabó dictaminando que, efectivamente, la criminalización de los actos homosexuales entre hombres adultos era una violación del artículo 8 del convenio.
A resultas del veredicto del tribunal de Estrasburgo, en 1982 el Parlamento británico aprobó la ley que despenalizó las relaciones homosexuales entre mayores de 21 años en Irlanda del Norte. Más de quince años después de la aprobación de la ley de 1967 en Inglaterra y Gales, seis años después de que el Gobierno británico diera los primeros pasos para tratar de ampliarla a Irlanda del Norte y después de cinco años de batalla legal de un joven activista de Belfast contra un Estado en un tribunal europeo, por fin la situación en la región se equiparaba a la del resto del país.

Artículo publicado en octubre de 1981 en el periódico Capital Gay sobre la victoria de Jeff Dudgeon en el caso Dudgeon contra el Reino Unido, juzgado por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos
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Que la despenalización de la homosexualidad en Irlanda del Norte se aprobara gracias a los votos a favor de decenas de diputados del Partido Conservador de Margaret Thatcher (el mismo Partido Conservador que unos años después aprobaría el conocido Artículo 28) es algo que seguramente muchos no vieron venir. Entre los votos en contra estuvieron los de todos los diputados norirlandeses presentes en la Cámara de los Comunes el día de la votación. Si aquellos diputados realmente estaban expresando la postura ante la homosexualidad de una mayoría de la ciudadanía norirlandesa es algo difícil de afirmar con los datos disponibles. También son entendibles las objeciones de quienes critican que diputados de lugares del país que nada tienen que ver con Irlanda del Norte a veces sean quienes toman decisiones que afectan a la región (como si de un niño pequeño al que no se puede dejar tomar sus propias decisiones se tratara). Sin embargo, en cuestiones de vulneraciones de derechos humanos tan sangrantes como esta, bienvenido sea el sistema que permite que se activen estos mecanismos. Si no fuera por ello, quizá hoy tampoco el matrimonio entre personas del mismo sexo sería aún legal en Irlanda del Norte: tras cinco votaciones en el Parlamento norirlandés entre 2012 y 2015, incluida una en la que los votos a favor fueron mayoría pero en la que el DUP (¿quién si no?) utilizó su derecho a veto para impedir su aprobación, de nuevo fue el Parlamento de Westminster el que tomó las riendas y, aprovechando el vacío de poder causado por la caída del Gobierno autonómico casi tres años antes, en 2019 aprobó la ley que permitió que, unos meses más tarde, dos mujeres llamadas Robyn Peoples y Sharni Edwards fueran la primera pareja del mismo sexo en contraer matrimonio en Irlanda del Norte.
Además de por haber abierto la puerta a la despenalización de la homosexualidad en el Parlamento británico, la resolución del caso Dudgeon contra el Reino Unido fue significativa por ser la primera sentencia a favor de los derechos de las personas LGTBIQ+ emitida por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en su historia. Además, sentó un precedente para un caso parecido en la República de Irlanda (donde otra sentencia del mismo tribunal también condujo a la despenalización de la homosexualidad en 1993), así como para casos similares en otros lugares en años sucesivos.
Que lo logrado en 1982 fue apenas un pequeño paso en la larga y difícil lucha por la igualdad real y efectiva para las personas LGTBIQ+ en Irlanda del Norte es tan obvio que no hace falta ni recalcarlo. Con la despenalización no llegó la igualdad en la edad de consentimiento sexual (no fue la misma que para las personas heterosexuales hasta 2001). Tampoco la posibilidad de contraer uniones civiles (que no llegó hasta 2005) ni el derecho a adoptar (para el que habría que esperar a 2013). Hasta 2003 no hubo una ley que impidiera que se pudiera despedir a una persona de su trabajo por su orientación sexual. Hasta 2004 las personas trans no tuvieron derecho a solicitar el cambio de sexo legal. Las llamadas «terapias» de conversión siguen siendo legales en Irlanda del Norte. La probabilidad de ideación suicida entre los jóvenes LGTBIQ+ de la región es tres veces mayor que entre el resto de la población adolescente de Irlanda del Norte y mayor que la de los jóvenes LGTBIQ+ de Inglaterra, Gales y Escocia. Etcétera, etcétera, etcétera.
En un lugar donde el conservadurismo religioso todavía campa a sus anchas en muchos ámbitos de la vida política y donde otros asuntos (a menudo derivados del pasado de conflicto) consumen mucha de la energía que podría dedicarse a lograr avances en este campo, desgraciadamente sigue siendo necesaria una lucha constante para erradicar algunas actitudes que aún perviven y que parecen más propias de los tiempos de Henry Labouchere que de los de Blu Hydrangea. Qué mejor motor para esta y otras luchas del presente que el orgullo de seguir avanzando hacia el futuro por los caminos que otros abrieron en el pasado.
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Matando el tiempo | Lucy Caldwell
(Catedral, 2020; trad. de Angelica M. Ripa)

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Lucy Caldwell (Belfast, 1981) es una escritora de un talento excepcional a la que me encanta recomendar (seguro que esta no será la última vez que su nombre asome por NORTE). No ocultaré, eso sí, que, al pensar en obras relacionadas con el tema de esta carta, antes que este libro me vinieron a la cabeza al menos otros cinco o seis que habría preferido incluir aquí. ¿El problema? Que ni uno solo de ellos está traducido. Como no tengo intención de empezar a recomendar libros que sé que algunos suscriptores de NORTE no van a poder leer en su lengua original, la recomendación de hoy en realidad no es un libro, sino tan solo una pequeña parte de un libro. Concretamente, los dos cuentos (de los once que integran Matando el tiempo) que, por increíble que parezca, a día de hoy parecen constituir toda la literatura norirlandesa con temática LGTBIQ+ que hay disponible en castellano. Para quienes sí puedan leer en inglés (y, muy especialmente, para cualquier persona que trabaje en el sector editorial y tenga en su mano remediar esta situación tan lamentable), he recopilado una pequeña lista de obras de temática LGTBIQ+ escritas por autores norirlandeses que aún no han sido traducidas y que te transmitirán una imagen más completa que cualquier cosa que pueda escribir yo aquí de lo que es y ha sido la vida en la región para las personas del colectivo.
El primero de los dos cuentos de Caldwell, «A través del armario», es una conmovedora descripción de una serie de momentos significativos en una infancia trans. Con apenas unas cuantas viñetas breves y dos escenas algo más largas, y a través del uso de la segunda persona (que la autora emplea con frecuencia en sus relatos con gran maestría), la narración nos mete en la mente y, sobre todo, en el cuerpo de una persona cuya identidad de género no se corresponde con el sexo que le han asignado. Un disfraz de princesa de Disney que sus padres no le compran a los seis años y un vestido de su hermana que se prueba de adolescente son los dos pilares de esta delicada historia de final esperanzador que, pese a transcurrir claramente en el Belfast de los noventa y contener alguna referencia a cómo ese entorno afecta a la situación del personaje, pone el foco en una serie de momentos íntimos independientes de ese contexto y comparables a los que podría experimentar cualquier niño o niña en una tesitura parecida en cualquier lugar del mundo.
El contexto religioso y social tiene más peso en el otro cuento, «Aquí estamos», en el que dos chicas adolescentes, también en el Belfast de los noventa, inician una bonita relación a la que se acaban viendo obligadas a poner fin debido a la presión social y a la oposición del padre de una de ellas (cristiano evangélico y concejal en el Gobierno municipal). Lo que verdaderamente brilla en el relato, sin embargo, son los pasajes en los que se celebra el amor de las dos adolescentes y las descripciones de cómo, cuando están juntas, son capaces de olvidar el contexto en el que viven, tener la sensación de que la ciudad les pertenece y pensar incluso que les espera un futuro en el que serán completamente libres y no tendrán que esconderse. El final, agridulce, revela un futuro algo más gris que el que el optimismo de la juventud (y del enamoramiento) les había hecho imaginarse, pero deja la puerta abierta a un reencuentro con el que quizá poder retomar en la edad adulta lo que quedó truncado en la adolescencia.
El resto de Matando el tiempo también está lleno de voces y experiencias poco representadas en la literatura norirlandesa (especialmente las de adolescentes y mujeres jóvenes en el Belfast de finales del siglo pasado) que te animo a descubrir leyendo los otros nueve cuentos, escritos por una autora de una sensibilidad y una empatía deslumbrantes. Lucy Caldwell, además, es la autora los dos únicos libros de relatos de escritores norirlandeses que se han publicado en español (algo tan asombroso, teniendo en cuenta el peso que tiene la narrativa breve en el panorama editorial irlandés, que me resisto a creer que sea verdad y sobre lo que me encantaría estar equivocada). Mientras esperamos a que lleguen más cuentos —y más literatura LGTBIQ+—, este es un buenísimo lugar por el que empezar.