NORTE #10: Los recuerdos de otros

Domingo, 30 de marzo de 2025

Bout ye?

Hace unos años, Lisa McGee, creadora de la serie de televisión Derry Girls (ambientada en el Derry de mediados de los noventa), publicó en redes sociales una fotografía que le había mandado una amiga cuando estaba empezando a escribir el guion, en respuesta a la petición que había hecho McGee a gente de su entorno de que le enviaran fotos de la época para ayudarla a reconstruir el pasado que iba a retratar en la serie.

Veo fotografías de Irlanda del Norte casi a diario, así que calculo que habré visto miles a lo largo de los años. Aunque muchas me pasan por delante de los ojos sin dejar huella, de vez en cuando hay alguna que, por algún motivo, tiene un impacto mayor. Puede no ser una imagen especialmente llamativa u original, pero hay algo que hace que se me quede grabada en la memoria y que incluso suponga un antes y un después en mi percepción del lugar o en mi relación con él. En la fotografía de la publicación en redes de McGee aparecen dos niñas en una calle, vestidas de comunión y mirando a la cámara sonrientes. A primera vista, el resto de la calle parece vacía y las dos pequeñas atraen toda la atención de quien contempla la imagen. Sin embargo, si se lleva la mirada a la esquina superior derecha de la foto, se ve asomar la figura de un soldado armado que también mira a la cámara.

Creo que lo que hizo que aquella fuera una de esas imágenes que se me han quedado grabadas fue que reflejaba algo que no he dejado de intentar atrapar desde que empecé a interesarme por los conflictos en general y por el conflicto norirlandés en particular: la cotidianidad de las personas de a pie a quienes les toca vivir en ese tipo de contextos. Me interesan los acontecimientos que salen en los periódicos y en los libros de historia, claro, y nunca he dejado de dirigir la mirada a los eventos que sucedieron «en el centro de la acción», pero me interesa aún más intentar llegar a comprender cómo era el día a día de todos esos norirlandeses que no protagonizaron ninguno de los grandes episodios de los que siempre oímos hablar, pero cuya vida cotidiana estuvo absolutamente marcada por el conflicto durante décadas. Me gusta esa imagen por lo mismo que me gusta la serie de McGee, porque pone en el centro de la fotografía a quienes suelen estar en la periferia y en la periferia a quienes normalmente están en el centro.

Cuando, a principios de abril de 2024, me encontré con un artículo en The Guardian sobre un fotógrafo del que jamás había oído hablar y cuyas fotografías de Irlanda del Norte iban a exponerse en un museo de Dublín, inmediatamente quise saber más. Al seguir leyendo y ver que el crítico que firmaba el artículo —que creció en Irlanda del Norte en la época del conflicto— contaba que descubrir la obra de ese fotógrafo había sido toda una revelación, ya que nunca había visto unas imágenes que reflejaran tan claramente la cotidianidad de su propia infancia y adolescencia y que mostraran la «peculiar textura» de aquella época y aquel lugar de una forma tan reconocible para quienes la habían vivido, mi curiosidad fue en aumento. Al descubrir que el título de la muestra, The Memories of Others, contenía una referencia a la memoria (otro de mis temas fetiche) y comprobar también que las fotografías de la exposición que pude ver en internet no se parecían a nada que hubiera visto antes, empecé a intuir que estaba a punto de entrar en un universo del que no iba a querer salir en mucho tiempo. Si a esto le sumamos que la curiosa historia del fotógrafo en cuestión (una figura enigmática y, al menos hasta hace unos meses, tan desconocida para casi todos los irlandeses como lo era para mí) tenía todos los ingredientes para atrapar por completo a una amante de lo inasible y lo misterioso, la obsesión estaba asegurada. Un año después —tras una visita a la exposición de Dublín y una cantidad disparatada de horas mirando las fotografías del libro que se publicó para acompañarla—, mi fascinación por él y por su obra sigue igual de viva y ha llegado el momento de compartirla contigo. Quiero que conozcas a Akihiko Okamura.

El libro The Memories of Others, cuya publicación coincidió con la inauguración de la exposición del mismo nombre en Dublín en 2024.

La primera exposición de la obra de Akihiko Okamura tuvo lugar en el Museo de Arte Fotográfico de Tokio en 2014, casi treinta años después de su fallecimiento en 1985. Aunque Okamura no era desconocido en su Japón natal, tanto por su trabajo como fotógrafo de guerra como por su labor en otros ámbitos como la educación, pocas personas en Europa habían oído ese nombre por aquel entonces. Hasta aquí, todo más o menos normal. Sin embargo, hay un detalle que hace que ese desconocimiento resulte llamativo: casi la cuarta parte de las fotografías de la exposición de Tokio (incluida la que apareció en la cubierta del catálogo) habían sido tomadas en Irlanda del Norte.

Aquello despertó el interés de, entre otros, el fotógrafo británico Martin Parr, que en 2016 incluyó algunas instantáneas de Okamura en una exposición que comisarió en Londres de fotografías del Reino Unido hechas por fotógrafos extranjeros. Fue a través de esa muestra como varios críticos occidentales (incluido el autor del artículo del Guardian que motivó mi incursión en el universo de Okamura) se encontraron por primera vez con ese nombre y con unas fotografías de la Irlanda del Norte de los años sesenta y setenta que jamás se habían expuesto ni publicado en Europa y que no se parecían en nada a las imágenes de los Troubles a las que estamos acostumbrados. Por si esto no era lo suficientemente intrigante, resultó además que Okamura se había instalado en Irlanda en 1969 y había residido allí con su familia hasta su muerte y, sin embargo, era muy poco lo que se sabía de él y de su trayectoria en el país en el que había pasado los últimos quince años de su vida. ¿Qué había llevado a un hombre japonés de mediana edad a establecerse en la monocultural Irlanda de los años sesenta? Y ¿cómo era posible que allí jamás se hubiera visto ni una sola de las más de diez mil fotografías de Irlanda que contiene su archivo, muchísimas de ellas de un conflicto del que en el último medio siglo han circulado infinidad de imágenes? El misterio estaba servido.

Nacido en 1929 en una familia de clase alta, Okamura pasó su infancia en un barrio acomodado de Tokio, asistiendo a colegios privados de élite y destinado a acabar formando parte de la clase dirigente del Imperio japonés. La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias alteraron profundamente la vida de los Okamura: además de que la casa familiar quedó destruida por un bombardeo el año que él empezó sus estudios de Medicina (estudios que no acabaría), la familia sufrió una pérdida considerable de estatus en lo que, tras la guerra, pasó a ser un país ocupado por las fuerzas aliadas lideradas por Estados Unidos. Aquellas vivencias fueron determinantes para un hombre que, pese al ambiente en el que había crecido, desde muy joven simpatizó con los desfavorecidos y con la clase trabajadora y quiso estar del lado de quienes no habían tenido los mismos privilegios que él. Muchos de los detalles que conocemos de su juventud parecen ser coherentes con esta actitud, desde su afiliación a una facción militante del Partido Comunista de Japón hasta sus estancias en el sur del país con los mineros en huelga de Miike, pasando por su participación en el movimiento de defensa de los derechos de los burakamin (una casta marginada y discriminada del país) o su trabajo en una revista del Consejo General de Sindicatos de Japón.

Su llegada a la fotografía fue relativamente tardía. Pasaba de los treinta años cuando, en 1962, firmó un contrato con una agencia de noticias y dejó Japón para trabajar como reportero en el sudeste asiático, primero en Tailandia y, a partir del año siguiente, en Vietnam, donde fue el primer japonés en cubrir la guerra desde el campo de batalla y uno de los primeros fotógrafos en contar la contienda a través de imágenes en color. Pese a su limitada experiencia, pronto se hizo un nombre en el fotoperiodismo, gracias en parte a la publicación en la revista Life de un extenso reportaje con una serie de impactantes fotografías de Vietnam en junio de 1964. Un año más tarde, logró entrar en un territorio controlado por el Vietcong, pero le tomaron por un espía al servicio de Estados Unidos y pasó cincuenta y tres días retenido en un campo de prisioneros. El reportaje sobre esta experiencia, que publicó también en Life en julio de 1965 (y en el que describió aquella guerra como «demencial» y «espantosa»), le costó que le prohibieran la entrada en Vietnam del Sur durante cinco años. Fue durante aquella expulsión forzosa de Vietnam cuando Okamura dirigió su atención a Irlanda.

Textos y fotografías de Akihiko Okamura publicados en la revista Life en 1964 y 1965. Fotografías tomadas en la exposición The Memories of Others (Photo Museum Ireland, Dublín, 2024).

Pero ¿por qué Irlanda? ¿Qué fue lo que llevó a un fotógrafo de guerra japonés a aquel pequeño país situado en la otra punta del planeta y tan diferente del mundo del que provenía? Por un lado, parece que, en su afán por investigar y comprender la guerra de Vietnam, Okamura desarrolló un interés por la figura de John F. Kennedy y viajó a la isla para conocer los orígenes irlandeses de un presidente cuyo papel había sido determinante en aquel conflicto. Quienes han estudiado la vida del fotógrafo mencionan también un posible interés en el catolicismo (que, curiosamente, era la religión de su madre), así como la posibilidad de establecerse en un lugar desde el que fuera fácil viajar con regularidad a Biafra, cuya guerra también cubrió ampliamente a finales de los años sesenta. Un factor sobre el que no cabe duda fue su profundo interés en el colonialismo y sus efectos (interés que ya le había llevado a lugares como Camboya, Malasia, Corea, Nueva Zelanda, Hawái, Tahití y la República Dominicana), muy especialmente en la modalidad practicada por los británicos, cuyas políticas imperialistas habían servido de modelo a Japón para la cruenta campaña colonial que llevó a cabo en distintos países y territorios asiáticos en la primera mitad del siglo XX.

Seguramente nadie que leyese lo que escribió sobre la primera vez que pisó Irlanda, el 2 de enero de 1968, habría pensado que aquella tierra iba a lograr enamorarle como lo hizo: «Había tormenta. El cielo estaba oscuro, casi negro. Arrastrada por el fuerte viento, la lluvia helada me golpeaba las mejillas». Aun con aquel clima, Irlanda claramente consiguió conquistarle: un año más tarde, con cuarenta años, se instaló en el país con su segunda mujer y —aunque seguiría viajando por el mundo a menudo y no dejaría de pasar tiempo en Japón— allí residiría (primero a las afueras de Dublín, más tarde en el condado de Wicklow) hasta su prematura muerte en 1985. En un fragmento de una entrevista en la televisión pública japonesa en 1984, incluido en un precioso documental producido para la exposición del año pasado, Okamura afirmó: «Nosotros nos criamos entre los opresores. Yo quería que mis hijos nacieran y crecieran no en el lado del opresor, sino en el del oprimido, así que tengo una casita en Irlanda, mis hijos han nacido allí y están creciendo con pasaportes [irlandeses]». En ese mismo documental y en otras fuentes, una de esas hijas, Kusi, habla del amor que profesaba su padre a Irlanda y a los irlandeses (con cuyo carácter apasionado, tenaz y «salvaje» se sentía identificado), de la profunda empatía que sentía hacia sus gentes aun en un país tan alejado y tan diferente del suyo, y de cómo, al margen de que simpatizara con la causa nacionalista irlandesa (como claramente hacía), su vínculo con aquel pueblo era una cuestión puramente humana que trascendía la política. Es imposible mirar sus fotografías de Irlanda y no percibir ese amor, esa empatía y esa humanidad.

Independientemente de los sentimientos que albergara hacia la tranquila zona del sur de la República en la que decidió establecerse, cuesta imaginar que, para una persona interesada en la guerra y el conflicto, lo que había empezado a desatarse en el norte de la isla a finales de la década de los sesenta no fuera un factor clave en su deseo de permanecer en Irlanda. Como escribió él mismo en un artículo de 1976 en la edición japonesa de Playboy: «Estoy especializado en la fotografía de guerra; si vine a Belfast, fue en busca de la guerra». Si iba en busca de la guerra, sin duda en la Irlanda del Norte de los setenta estaba en el lugar adecuado y en el momento adecuado. Y, sin embargo, lo interesante de sus fotografías (y lo que, de hecho, seguramente explica que los medios de la época no las publicaran) es que, a primera vista, lo que transmiten no es guerra. El conflicto está presente en muchas de ellas, pero no de la forma obvia y directa del fotoperiodismo de la época, sino de un modo mucho más inteligente, más poético, más sutil.

«Mujeres atravesando una barricada del Ejército británico, Irlanda del Norte, c. 1969».
Fotografía de Akihiko Okamura, © Estate of Akihiko Okamura

Además de utilizar el blanco y negro, las fotografías del conflicto típicas de aquella época, especialmente si iban destinadas a la publicación en prensa, eran imágenes que ponían el foco en acontecimientos dramáticos (léase violentos) y cuyo contenido o mensaje era fácil de comprender de un solo golpe de vista. En las fotografías de Okamura (en las que una de las primeras cosas que llaman la atención es el color), la violencia no está ausente, pero pasa a un segundo plano y cede el protagonismo a todas esas cosas que también nos hablan de la violencia pero que «no son noticia», a situaciones o instantes cotidianos aparentemente banales que, sin embargo, están cargados de significado y que, si se les dedica el tiempo y la atención necesarios, son quizá mucho más reveladores que los momentos álgidos a los que han solido apuntar los objetivos de las cámaras. Okamura estuvo en algunos de los escenarios claves de los primeros días del conflicto (como la batalla del Bogside en Derry o la quema de viviendas en la calle Bombay de Belfast en agosto de 1969), episodios de los que a lo largo de los años hemos visto infinidad de imágenes, y sin embargo sus fotografías, al huir del sensacionalismo y la espectacularidad y desplazar la atención del centro a la periferia, nos muestran esos mismos hechos archiconocidos desde una perspectiva nueva. Contienen una quietud meditativa que sustituye la acción por la reflexión, atienden al contexto que otros pasan por alto y llevan la mirada no tanto al momento de la acción como al antes o al después (cuando otros reporteros aún no han llegado o ya se han marchado), a situaciones del día a día de los norirlandeses de la época en las que la violencia está presente pero aparece solo sugerida, nunca explicitada. En sus fotografías no vemos las casas quemadas en la calle Bombay, sino los muebles y otros enseres rescatados de ellas por sus habitantes al día siguiente; no vemos el momento del enfrentamiento entre el ejército y los manifestantes en unos disturbios, sino a los soldados antes o después de la protesta o las piedras amontonadas por los manifestantes para ser utilizadas como armas arrojadizas; no vemos el cadáver de la persona asesinada, sino la mancha de sangre en el suelo y las flores depositadas en el lugar de los hechos en los días posteriores.

En una de las fotografías de Okamura que más se han reproducido desde la exposición del año pasado aparecen seis botellas de leche en el suelo delante de una casa, al sol, seguramente recién repartidas por alguno de los lecheros que aún recorrían las calles de Irlanda en la época. Lo que a primera vista puede parecer simplemente un estudio sobre el color, la luz y la sombra, admirable incluso si nos quedamos solamente en el plano de su elegante composición, despliega toda una serie de resonancias más profundas cuando se pone en contexto. Para cualquier persona familiarizada con la Irlanda del Norte de aquellos años, las botellas de leche inmediatamente hacen pensar en los cócteles molotov, omnipresentes en las protestas y disturbios de la época. El fotógrafo se vale de este poder simbólico y de aquello que no está presente en la imagen —pero sí en la cabeza de quien la contempla— para crear la que para Pauline Vermare, que ha estudiado en profundidad las representaciones visuales de los Troubles (y una de las personas a quienes debemos que la obra de Okamura esté empezando a llegar a un público más amplio), es una de las imágenes más memorables, sutiles y expresivas del conflicto norirlandés.

Izquierda: «Botellas de leche en la puerta, Irlanda, década de 1970». Derecha: «Botellas de leche vacías y piedras antes de los disturbios, Rossville Flats, zona del Bogside, Derry, Irlanda del Norte, c. 1969».
Fotografías de Akihiko Okamura, © Estate of Akihiko Okamura

La intimidad que logra el fotógrafo en sus representaciones de esa «cotidianidad trastocada» (el excelente título de uno de los ensayos incluidos en el libro The Memories of Others) llama aún más la atención si pensamos que Okamura no solo era un extranjero que no pertenecía a la comunidad que estaba retratando, sino que no parece que estableciera el tipo de relaciones con ella que quizá habrían podido explicar el grado de cercanía que transmite su obra con las personas y situaciones fotografiadas. Aunque es posible que la mayor difusión que está teniendo su obra haga aflorar datos hasta ahora desconocidos, los distintos artículos y ensayos sobre Okamura publicados hasta la fecha afirman algo profundamente llamativo (y que añade una capa más al enigma que rodea a su figura): por lo visto, nadie en Irlanda del Norte le recuerda. En un territorio muy pequeño en el que los famosos seis grados de separación deben de ser más bien dos o tres, no deja de fascinarme que no haya decenas de testimonios sobre él de personas que lo conocieran. En una época en la que la gran mayoría de la gente con la que se cruzara en lugares como Belfast o Derry jamás habría visto a una persona japonesa, me resulta asombroso que en sus fotografías prácticamente nadie salga nunca mirando a la cámara ni parezca prestarle la más mínima atención al fotógrafo. Da la impresión de que se movía por aquellas calles como una especie de fantasma invisible y de que, de alguna manera, consiguió ocupar un extraño lugar a medio camino entre dentro y fuera, ser al mismo tiempo un miembro más de la comunidad y un observador externo y, desde esa peculiar posición, penetrar en lo más profundo de un lugar que también a él se le metió muy dentro.

La única imagen de Okamura en Irlanda del Norte que se conoce. En la fotografía, tomada por Barney McMonagle en Derry e incluida en su libro No Go. A Photographic Record of Free Derry, Okamura aparece en segundo plano, detrás de la activista y política Bernadette Devlin.

Si, como afirman quienes vivieron en primera persona el mundo que retrató Okamura, sus fotografías tienen una capacidad única para transportarles a esa época y a lo que vivieron entonces, estamos ante una obra que de alguna manera forma parte de la memoria colectiva de ese territorio y que, sin embargo, muchos de sus habitantes aún no han tenido la oportunidad de ver. Todo apunta a que la llegada de la exposición a Irlanda del Norte (prevista para este verano) puede ser un acontecimiento verdaderamente especial que, me atrevo a decir, marcará un antes y un después en la memoria del conflicto para quienes lo vivieron. Que el artífice de todo esto sea un japonés al que la gran mayoría de los norirlandeses ni siquiera han oído nombrar jamás y al que la guerra de Vietnam llevó a Irlanda un día de hace cincuenta y siete años es una de esas carambolas que parecen sacadas de la ficción pero que a veces tenemos la suerte de que nos regale la realidad.

Seguramente nadie lo adivinaría viendo los libros de autores norirlandeses que nos llegan traducidos, pero puede decirse que, en el panorama literario y editorial de la región, el cuento ocupa un lugar casi tan prominente como el de la novela. Sin ser yo una apasionada del género, calculo que más de un tercio de las obras de autores norirlandeses que tengo en inglés en mi biblioteca son libros de relatos. Se me ocurren pocos novelistas de la región que no cultiven también el cuento, a menudo con una maestría envidiable. En resumidas cuentas, no se puede hablar de literatura norirlandesa sin hablar del cuento.

En vista de todo esto, te podrás imaginar la cantidad de veces que, al escribir una de estas cartas, se me ocurre un relato que sería perfecto como recomendación literaria con la que acompañarla. El problema, claro, es que prácticamente ninguno está traducido, y ya sabes que uno de mis propósitos en estas cartas —que espero seguir cumpliendo— es no recomendar cosas que no vayan a poder leer algunas de las personas que las reciben.

Desde que escribí la primera palabra de esta carta, no podía sacarme de la cabeza un cuento de Quickly, While They Still Have Horses, el último libro de relatos de la autora norirlandesa Jan Carson, la historia de un periodista inglés que tiene que escribir un reportaje sobre una impactante fotografía (ficticia) tomada durante unos disturbios recientes (reales) en Belfast. Bajo el tono cómico y desenfadado que caracteriza este y muchos de los relatos de la autora, el cuento contiene una incisiva crítica de la forma en que los medios de comunicación a menudo simplifican o incluso tergiversan una realidad —la de la Irlanda del Norte contemporánea— que encierra muchos más matices de los que algunos «profesionales», con sus prejuicios e ideas preconcebidas sobre el lugar, están dispuestos a descubrir y a reflejar en sus artículos o fotografías. Si uno lee el cuento teniendo en mente la sensibilidad, el respeto y la sutileza con los que Okamura retrató la región y su conflicto, no puede decirse que el protagonista del relato salga muy bien parado de las comparaciones. (Que yo ya le tuviera crucificado desde el momento en que dice que la autora de Milkman «no sabe escribir» es otra historia).

Como los relatos de Jan Carson no están editados en castellano, ahora es cuando me tocaría lamentarme por no poder incluir este como recomendación con la que cerrar esta carta. En lugar de eso, sin embargo, y para hacerte partícipe de verdad de este diálogo entre los universos de Okamura y Carson, he traducido el cuento para que puedas leerlo ya mismo (o cuando quieras), sin tener que esperar a que alguna editorial se anime a publicarlo. Si te apetece ver Belfast a través de los ojos de un periodista inglés que tendría mucho que aprender del fotógrafo japonés que hoy se ha colado en tu bandeja de entrada, aquí tienes «Normalmente la gente solo tira ladrillos», de Jan Carson.

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